El emprendedor devaluado.

En un país en el que el desarrollo cultural y tecnológico es mínimo y la mayoría de los negocios triunfantes son fábricas de reciclaje de las ideas de otros países o ensambladores de proyectos ya masticados y probados, el trabajo del emprendedor es, más que una aventura, un suicidio.

La perspectiva general de la gente de invertir en una idea propia, es sinónimo a morirse de hambre. La razón es que la mayoría de aquellos que van detrás de sus sueños se enfrentan a tantos obstáculos, burocráticos y sociales, que terminan por desgastarse. Esto en la realidad no solamente sucede con los emprendedores, sucede en todos los oficios que existen. Esto es porque el registro de la constancia del fracaso en otros oficios fuera de aquellos que llamamos de bellas artes, sucede con menos frecuencia y no es tan notorio.

Pero un simple análisis nos podrá enseñar que esto sucede con todos los trabajos. Cada año, las universidades escupen a miles de profesionistas a las calles con llamativos diplomas y títulos, de estos, solamente un puñado termina trabajando en áreas de su profesión. Muchos, después de rechazos, frustraciones y de circular por empleos mal pagadas y abusivos, terminan por alojarse en oficios que no requieren de títulos universitarios o distintos a lo que estudiaron. Esto, consecuencia de vivir en un lugar donde el título nobiliario de Licenciado o Médico pesa tanto para el ceno familiar.

El artista emprendedor es distinto, sí, es un trabajo, pero antes que eso es una vocación. Un llamado de nuestras almas que demanda llenar un vacío. Y el artista no puede dedicarse a otro oficio más que el de crear.

La imagen del artista muerto de hambre, nace de la impresión romántica que se ha formado del oficio. Alentada principalmente por los mismos artistas. Hacer arte es un trabajo como cualquier otro. Se necesita de un espacio y tiempo para producir.

Cuando hablamos de trabajo, a nuestra mente viene la imagen de una persona que se dedica a una labor en un horario y espacio, se mueve de un lado a otro y a la vista del empleador. Es tan fija esta imagen, y necesaria para quien paga un sueldo, que hoy en día se requiere de mucho esfuerzo para pensar en el home office.

El artista, por supuesto, también trabaja en un espacio y tiempo, pero mucho del tiempo de trabajo es de mucho reflexionar y enfoque. Y cuando se vive entre entes que se distraen con una pequeña pantalla, y más cuando aceptan que esta suponga por ellos, es complicado plantar en sus pequeñas cabezas la imagen del trabajo de pensar y concentrarse.

El artista Simpson.

Si yo le llamó a un plomero para arreglar la tubería de mi tarja, no me interesa si lo hace un una hora o dos minutos. Si dedica treinta minutos para pensar en la solución o si termina arreglando el problema dando dos giros a un desarmador. Él me va a cobrar por el arreglo de la tarja y es un precio acordado. Le pago por encontrar una solución a un trabajo que yo no puedo o quiero hacer. La solución depende de un proceso. Este proceso involucra conocimientos y talentos, que él ha adquirido en su vida, y es de lo que hecha mano para hacer el trabajo. Yo, pagó por todo ese conjunto de acciones mecánicas y mentales.

Lo mismo sucede con el arte. Primero, regresemos a la idea romántica de la labor. La imagen del artista que crea a través de la contemplación. Para la mayoría de las personas, esto es flojear y esta imagen se intensifica al ver que la mayoría de los artistas, tienen más pretextos que sustentan su fracaso que obra.

Estos artistas en realidad son pocos, por lo general, son aquellos que abrazan la filosofía de trabajar solamente cuando la inspiración acude a su llamado, mientras están tirados en un destartalado sillón. Para fortuna del oficio, estos aficionados no sobreviven a las exigencias de la disciplina del arte. El artista profesional se levanta todos los días a trabajar.

La segunda variable que hace mal pagado al arte, es la valoración. Tanto del público que desconoce la profundidad del esfuerzo que se requiere para crear una obra, sobre todo en aquellos que comienzan, como del mismo artista que no valora su trabajo y por ende a su persona; siempre termina aceptando un valor muy por debajo de lo que refleja su talento y proceso.

El valor de un trabajo artístico, no puede depender de un tabulador. El costo que se debe de pagar por el trabajo, depende, del artista y su proceso. Este trabajo es una expresión personal, aún en aquellos que lo hacen por encargo. Cuando se paga por una obra, no se paga por el resultado, se paga por la experiencia. El talento y la obra en sí, dependen de perspectivas subjetivas.

Son muchas las herramientas que se necesitan apara aprender a valorar la realización de un trabajo, más cuando este es algo tan abstracto como el arte. No existen tabuladores, lo que si existe son antecedentes, que se utilizan para evaluar el pago del trabajo al artista.

Por amor al juego.

Aquí es donde todo el sistema se corrompe. La principal solución para reparar al sistema, es que el emprendedor se valore y crea en su trabajo. La expresión: trabajar por amor al arte es apoyar y fomentar la esclavitud; es fomentar la censura; es un acto terrorista contra la libre expresión. El artista, el emprendedor, lo primero que debe de aprender a decir sin miedo y con confianza es, chinga tu madre y paga.

Ningún trabajo que se realice para la satisfacción de un tercero debe de ser gratuito. Pero con esta idea, de inmediato salta a la cabeza la pregunta, ¿cuánto debo de cobrar? Esta es fácil de contestar cuando sabemos cuánto dinero necesitamos para vivir —no sobrevivir—, y saber lo que nos hace felices.

Claro, el artista, tiende a confundir el valor del oficio, o sea su proceso, con el valor subjetivo de una obra, el cual depende de su talento y experiencia.

Éxito a cualquier costo.

Hemos creado una cultura de éxito, que hace parecer que, todos a nuestro alrededor lo tienen, menos nosotros; falso. La presión que ponemos sobre las nuevas generaciones es extraordinaria, no existe el éxito rápido, sin construir antes estructuras fuertes. La realidad es definir ¿qué es el éxito?

Todo el tiempo vemos en las redes sociales que personas sin ningún esfuerzo o talento ganan más dinero que un profesional. Esto no es problema de la persona. Es de la ignorancia para valorar el proceso de trabajo. Como nota, estas personas duran poco, muy poco en el mundo capitalista en el que se han metido. Pocos son los que logran en realidad triunfar y mantener sus ratings que les permiten vivir llenos de lujos.

Al valorar nuestro trabajo como artistas, lo hacemos comparando nuestra obra con la de estos pseudo-exitosos. Queremos alcanzar sus niveles de popularidad y en lugar de ser objetivos, nos hundimos en peleas internas que no entienden como una labor, tan banal, puede obtener mejores recompensas que la nuestra. Para responder esto, lo único que puedo decir, es que la gente es banal y paga por simplezas. Entre más dinero obtiene una persona sin esfuerzo y sin arriesgar el pellejo, vive más aburrido y sin sentido, pierde sensibilidad, apaga su imaginación y disfruta del entretenimiento barato. Vive en la búsqueda de embrutecimiento, no desea pensar ni reflexionar.

Las personas que buscan y saben reconocer obras profundas, son millonarios a los que se llega por una combinación de suerte y talento o son gente que no conoce el valor de invertir en el arte.

Chinga tu madre paga.

Están también los artistas y emprendedores que, por su oficio, trabajan en equipos de trabajo, el cine, teatro y televisión son un ejemplo de estos trabajos en equipo. En estos, los niveles de explotación, abuso laboral y devaluación del trabajo llega a niveles absurdos. Yo diría que trágicos.

Son trágicos, porque quien contrata, paga y dirige estos equipo, son también artistas, o sea, colegas de profesión. Siempre están regateando sueldos y en la búsqueda de la mejor oferta bajo justificaciones baratas y absurdas como: falta de experiencia, dame precio de cuates, por supuesto, amor al arte y mi favorita, no nos dieron tanto varo., es un proyecto independiente.

Lo triste invade cuando, aquellos que nos pidieron que nos bajáramos los calzones para tener el privilegio de estar en sus proyectos, decide malgastar el dinero estúpidamente. Y ellos, son los únicos que no se hicieron un descuento en sus cheques. También tienen un pretexto para ello, son los que consiguieron el dinero y toman los riesgos, es su obra.

Es cierto que un país de políticos y millonarios con cultura pobre e incapaces de reconocer la importancia del emprendedor y el arte, la mayoría de los proyectos se hacen con menos financiamiento del necesario. Pero si a pesar de ello, el productor se empecina por llevar a cabo su proyecto, su deber, su obligación, es ser justo con sus colegas y congruente con su discurso.

Tener la actitud de chinga tu madre paga, no es sencilla cuando sabemos que detrás de nosotros siempre hay un artista, un emprendedor que acepta las condiciones de esclavitud que ofrecen estos avaros. Pero sí de verdad se quiere cambiar este sistema, tenemos que ser firmes y colocarnos en una situación que nos permita ver oportunidades en los obstáculos.


El deber del artista y del emprendedor, es recorrer el camino, de la manera más sincera y leal a sus principios. Caer en el abismo de lo banal, es continuar con la práctica usurera que prevalece. Este camino no cambiará la forma de pensar de los altos funcionarios, quienes continuarán demeritando el trabajo artístico y emprendedor de las futuras generaciones, pues siempre habrá detrás alguien que cobré más barato.

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