Cámara de eco, la cereza del pastel de caca.

La presunción de estar en la era de la comunicación es tan cierta como el presupuesto de que los burócratas son líderes morales modernos.

El acceso a cualquier dato es fácil y rápido. El problema no es la accesibilidad, sino nuestra ansiedad por leer, compartir y registrar lo primero que nos hace felices. Posponemos la comprensión del contexto y la interpretación por la necesidad de lo inmediato. Además, somos apáticos para confirmar y verificar los datos. Esto solo cuesta unos momentos más antes de buscar un like.

El pensamiento crítico ya no es importante, ni siquiera necesario para scrollear en una página. En la cultura de la censura, hemos programado nuestra mente para identificar mensajes ofensivos, no inclusive; textos que citen alguna tendencia. Ya no se trata de construir, sino de destruir el trabajo de quien dice lo que piensa.

A veces, puede ser ofensivo, pero otras, puede ser la única manera que tiene una persona para protestar. Lo que importa no es compartir, criticar, humillar o señalar. La intolerancia a la tolerancia nos ordena denunciar cualquier opinión o comentario que nos desagrade.

A pesar de que existan mensajes de odio, que fomenten la discriminación, la violencia o la opresión contra un género en específico, hay que tener el valor para ignorar con lo que no estamos de acuerdo. Pedir que lo silencien o denuncien solamente por expresarse, es promover censura, es callar.

Discutir, seguro, pero para reafirmar o dudar de tus pensamientos debes estar abierto al conflicto; interno y externo. Si lo que deseas es solamente escuchar lo que te hace feliz y acomoda, evita los lugares y espacios que aún quedan libres para que la gente exprese lo que se le venga en gana.

Cada uno de nosotros debe asumir una responsabilidad sobre lo que comentamos, vemos y compartimos. Si no, un buen día, un burócrata o un funcionario, hambriento de populacho y votos, creerá que es su obligación hacerlo por nosotros.

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