El pretexto del no-lector.

Intento es la justificación perfecta para la persona que no desea comprometerse con una acción. Aquella que no desea sufrir las consecuencias —sean buenas o malas— de sus actos. Su uso es arbitrario: intento leer todos los días, intento ser feliz, intento levantarme temprano. Para que una meta se cumpla tenemos que hacer en lugar de intentar.

La intención de llevar a cabo una acción es porque no respondemos bien a la incertidumbre. El manejo de nuestro tiempo no depende de nosotros. Es una manera de aceptar que somos esclavos aspiracionistas. Por supuesto, cuando en verdad se tiene el deseo de realizar la tarea, la palabra intento funciona como un detonante que nos hace saber que para tener éxito, necesitamos de una planeación.

Leer es una de esas acciones que todos consideramos necesaria, pero pocos la llevan a cabo. Explicar por qué se da esto es complicado si analizamos cada situación en lo particular. En lo general, todos nuestros argumentos que justifican el intento no logrado son débiles. Lo cual no significa que no sean válidas o un verdadero impedimento, sin embargo, todo obstáculo que se mira de distintas perspectivas se transforma en una ventaja.

Todos sabemos de las virtudes que se dan al leer. Somos conscientes que la lectura nos entretiene, nos enseña, nos ayuda a profundizar nuestras reflexiones. Es además la manera más económica de viajar a otros lugares. En sí, es una máquina del tiempo. La persona que aprende a disfrutar de la lectura y queda atrapada en sus redes de letras enriquece su calidad de vida.

Todas estas son buenas razones, por esto, es difícil de comprender en México, donde solamente el 42 % de la población alfabeta, lee al menos un libro al año. No es extraño ver en los rincones del país a una persona con un libro, gente en las librerías u hogares con libreros llenos. Adquirir material de lectura en México es muy sencillo. Existe una diversidad en formatos, periódicos, revistas y esto, sin contar a lo que podemos accesar a través del internet. Los precios son variados, hay para todos los bolsillos y lo más importante, la censura en la literatura, es prácticamente inexistente.

Una de las posibles razones por lo cual la gente mira como un esfuerzo a la lectura es debido a la manera en que se nos inició en ella. Es muy raro saber de alguna familia que impida a sus integrantes leer, quizás le prohiban un cierto tipo de lectura. Esto no quiere decir que se incentive de una manera adecuada. Para que un padre de familia sepa fomentar el gusto por la lectura, necesita, invariablemente, ser un ávido lector y disfrutarlo. El ejemplo siempre es el mejor de los maestros.

El Mexicano promedio no sabe hacer, de la lectura, una experiencia divertida, al contrario, la amarga imponiéndola como una obligación. Por extraño que esto se escuche, las personas esperan que el gusto nazca por obra de un milagro. Mucho tiene que ver con los libros que se escogen para la iniciación del lector. Cuando el que impone el ejercicio no conoce de libros, tiende a seleccionar lecturas aburridas, complejas o famosas; iniciar con textos complejos o que narran historias de otras épocas es pesado para una imaginación en pleno desarrollo. Muchas familias aprendieron la letra —escritura y lectura—, con sangre. No me refiero necesariamente que a todos se les enseñó por medio de salvajes golpizas, pero imponer una tarea que en esencia es liberadora por medio de la sumisión, da el mensaje equívoco y crea confusión. Por eso la gran mayoría al intentar recuerda la mala experiencia. Esa sensación incómoda de “tener que hacerlo o…”. La lectura es una conversación, un debate con otra persona.

Claro que la concentración es también necesaria para leer. Y pocos lo saben hacer. Las malas experiencias de la educación arraigadas en nuestra consciencia nos vuelven ansiosos. Una de las características de la ansiedad es la incapacidad por retrasar el estímulo de la recompensa. Queremos resultados rápidos en poco tiempo. Los resultados de la lectura no son inmediatos, solamente se aprecian al vivir. Cuando leer, tiene la apariencia de obligación, el recorrido por trescientas páginas nos llevará un año y al terminar estaremos tan agotados que difícilmente tomaremos otro libro de inmediato.

La compulsión por comprar libros tampoco ayuda cuando lo vemos como la adquisición de un compromiso. Adquirir un libro no debe de ser similar a una obligación impuesta. Podemos llenar nuestra biblioteca y recorrerla con tiempo y tranquilidad durante el resto de nuestras vidas; los libros son pacientes y siempre estarán esperando por el lector adecuado. Sí, hay ocasiones que nos hacemos de un libro en específico para leerlo, habrá otras que aprovechamos la oportunidad de una oferta o un regalo. Cualquiera que sea la razón no va entrelazada con el deber de leerlo. La lectura es un placer.

También tenemos que ser conscientes que no todos los libros son para todos los humanos. Conócete a ti mismo. Habrá libros que te harten y cansen, incluso que te sean aburridos, no te sientas culpable de ello y menos te des latigazos porque el libro que a ti no te gusta a amigos, críticos, connaisseurs y demás puritanos consideran una obra maestra. Leer requiere de una inversión de tiempo, no lo mal inviertas. Es como pasar la tarde con una persona que no soportas solamente por obligación. También sucede que no es el momento indicado para leer ese libro, déjalo descansar y tómalo, meses, años después y dale una segunda oportunidad, sí, aun así, continúa siendo aburrido, quizás no haya sido el libro adecuado para ti y eso está bien. No te sientas nunca obligado a leer un libro por compromiso si el autor no logró capturar tu imaginación.

Escribir es uno de los ejercicios más desgastantes de las bellas artes. Menospreciar a cualquier autor que lleva a cabo este arte es un acto egoísta. Es posible que un autor no sea de nuestro agrado, pero de esto, a considerarlo malo o simple, es un atrevimiento que solamente podría atreverse a hacer otro autor; aunque también sería una crítica arrogante. Escribir noventa mil palabras (más o menos la cantidad que contiene un libro de trescientas páginas) no es un acto sencillo. Incluso cuando estás no son profundas. Para comprender la magnitud en el caso de que la imaginación no sea suficiente, escribe en el periodo de un año, esta cantidad de palabras. No tienen que tener sentido alguno, solamente oraciones con sujeto y predicado. Al final del año, léelas e intenta publicarlas, nada más el intento. En ese momento podrás, más o menos, justificar tu vena crítica.

Otra de las causales de los intentos fallidos es la falta de tiempo. Tomemos las noventa mil palabras del párrafo anterior como ejemplo. En promedio, el ser humano lee entre doscientas cincuenta y trescientas palabras por minuto, esto equivale aproximadamente a una página. Esto es igual a diez páginas en diez minutos. Si eres quien lee un libro al año, en promedio dedicas diez minutos al día a la lectura, ¿cuánto tiempo pasas en las redes sociales? ¿Cuánto tiempo pasas esperando el transporte público? ¿Cuánto tiempo pasas esperando en un café o por un lugar en un restorán? ¿Cuánto tiempo pasas en la fila del banco? Si analizamos ese “tiempo muerto” a lo largo del día, quizás sea una hora —lo cual es absolutamente ridículo— podríamos leer dieciocho mil palabras al día, o sea, sesenta páginas al día. Lo cual haría que un libro de trescientas páginas lo terminemos en tres, quizás cuatro días.

Estos números y cantidades son en un mundo ideal donde nuestros momentos de espera o “tiempos muertos” no son interrumpidos por gente, baches, empujones o cansancio. Solo planteo una idea para establecer que, tiempo para leer, existe. Por ejemplo, leer un libro de trescientas páginas en una quincena es bastante viable. Podríamos decir que en seis meses una persona podría leer las sagas completas de Harry Potter y El Señor de los Anillos (ambas, en conjunto, tienen alrededor de un millón quinientas mil palabras) con tan solo dedicar entre treinta minutos a una hora al día de lectura.

La lectura es una actividad única que nos ayuda a escaparnos por un breve momento de la realidad para que al regresar a esta valoremos las riquezas que habitan en ella. Tampoco es que importe la cantidad sino la calidad de lo que leemos. Con esto me refiero a que tenemos que decidir por leer aquello que nos guste y nos divierta, cualquier texto que nos haga reflexionar sin importar si a la mayoría le gusta o no. La lectura es un acto personal.

Ignoro porque necesitamos de pretextos que justifiquen algo que es tan sencillo de hacer y, para quienes lo practicamos todos los días, divertido y relajante. Tampoco juzgó a un alfabeta que no emplea el hábito de la lectura, no es algo que comprenda o comporta, pero si es extraño que necesiten justificar su no acción. A mí no me interesa mucho si la gente lee o no, lo único que intento mostrar es que material y tiempo hay.

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