La Palabra Perfecta.

Antes de sentarnos a la orilla de la cama y colocar el primer pie en el suelo, justo en el momento que abrimos los ojos, aparecen nuestras metas del día. Cuando no reflexionamos en ellas el día anterior, son una carga pesada que debemos de aligerar lo antes posible.

Pero sea un peso o no, las metas que aparecen en la mañana son los bloques de nuestra motivación para sentirnos vivos y con una misión que nos haga trascender. Incluso decidir por quedarnos tirados en la cama es una meta que demanda de un proceso.

Cumplir con una meta significa que para finalizarla, debemos de tomar decisiones y aceptar los riesgos de estas. Debido a que el universo es caos —evolución— e incertidumbre, la efectividad de nuestras decisiones debe ser un sistema flexible. Entre más adaptable sea, mayor será el éxito.

Podemos tener un sistema sólido, pero, como los caminos del señor son inescrutables y los del demonio irrefutables, las metas dependen de los procesos.

El proceso es una aventura, y es donde la creatividad juega y se alimenta. El sistema es una filosofía totalitaria, que sin lugar a dudas, nos lleva de A a B. El artista cela más sus procesos que sus sistemas.

Navegar entre ideas

El trabajo del escritor, i.e., el que todos los días escribe persiguiendo un momento creativo. Depende más del proceso que del sistema. Su labor inicia todos los días con una idea en la cabeza. La gran mayoría se levanta con miles de ellas, ninguna clara, sus primeras tareas del día consisten en tratar de tomar una de esas ideas salvajes e intentarla domar.

El escritor talentoso y afortunado que vive de su trabajo, es posible que ya cuente con un sistema que le permite moverse de la cama, a su estudio en medio de un solitario bosque. Apartado del caos de la vida, toma una de sus tantas ideas y la desarrolla. Mira tranquilo a sus impresiones, bullir en el papel.

Pero el universo de los escritores, está infestado de los que al servirse su primera taza de café, hacen malabares con las ideas en su cabeza, a la vez que deciden si desayunan o no. Atienden a sus perros, hijos, parejas, amigos, vecinos, repartidores, todos al mismo tiempo necesitan de su presencia, firmas y consejo. Al acercarse a su celular o computadora para bloquear las notificaciones, ya hay diez mensajes urgentes, y otros diez que eran urgentes, pero se resolvieron sin su ayuda. Mientras todo esto sucede, las ideas no paran y el escritor hace notas mentales, anota todo lo que se le viene a la cabeza. En servilletas, hojas sueltas, libretas, libros, cajas de cereal, todo a su alrededor es un arma contra las brumosas ideas de su cabeza.

Por fin, los retos han sido superados y ya está sentado en su escritorio frente a su computadora. La hoja en blanco necesita de letras para latir. ¿Cómo comienzo? Papeles, cartones, libretas y dos post-its están rayados y pintados con algo que parece su letra. Es tiempo de armar el acertijo, tomar aire y darle un trago al café frío que se sirvió a primera hora.

El Sagrado Arte de Pensar

Escribir es pensar. Todos los escritores, a base de prueba y ensayo, desarrollan un sistema para procesar y acomodar sus ideas. Para mantener la concentración y el enfoque durante largos lapsos de tiempo se requiere de práctica. No es algo que se obtenga desde el principio y se debe de estar mejorando con cada trabajo.

Miles de notas conforman una idea, y el trabajo es encontrar, primero, una palabra perfecta, un verbo, sustantivo, adjetivo, que resuma las más de miles de palabras arrojadas en notas.

El escritor debe de ser paciente, no se puede distraer con el vuelo de una mosca. La cabeza, al sentir lo pesado del trabajo, se convierte en el principal enemigo cuando no está enfocada. Arroja millones de impresiones a la velocidad de la luz que no tienen nada que ver con el trabajo a hacer.

Lo único que se puede hacer para luchar es trabajar, ¿para qué estás sentado frente al escritorio lleno de papeles con un café frío? Para escribir, entonces escribe. Comienzas, 100, 250, 500 palabras, sin sentido, quizás más. No te puedes detener, si lo haces pierdes la batalla contra tu impaciente cabeza. Tomas una de las notas, la imprimes en tu hoja en blanco, la desarrollas. Todo es redundante, ¿a dónde me dirijo? Estás hipnotizado con el sonido de tus dedos golpeando teclas, el extraño sabor de café en tu boca es una molestia. Un susurro llega a tu oído: Detente a preparar una bebida decente, digna de un escritor. En eso, tímidamente, aparece la palabra que estabas buscando.

Ahora, construir oraciones coherentes y que estás formen párrafos. Ya no eres solamente un escritor, ahora eres un ingeniero que construye con el material que está en descanso frente a ti.

Terminas, tres mil palabras pintadas en lo que horas antes era una hoja en blanco. Es tiempo de editar todo. Una pausa, estás en la cúspide de la aventura. Paciencia es tiempo de pensar y reflexionar.

Superando el miedo o la exposición.

Tres, cuatro, cinco re-escrituras del texto. Por fin has finalizado el recorrido. Es momento de superar el mayor miedo de todos, exponer tu trabajo. Lees de nuevo escéptico. ¿De dónde salió tanta palabrería?

Te das cuenta de que ya no hay más tiempo, el caos está por entrar a través de la puerta. No hay más energía ni sistema que detenga el torbellino que de un momento a otro va a golpear tu tranquilidad.

Te dices, no del todo convencido: Es lo mejor que pude haber hecho por hoy. Públicas tu ensayo, mandas las páginas al editor. Es momento de esperar. No llegaste hasta aquí para regresar, sino para seguir adelante.

¿Qué desea decir tu alma?

Tu texto, tu obra a la que le dedicaste tanto tiempo no recibe la respuesta que esperabas. Quince visitas o en millón, nunca son suficientes. Podrías haberlo hecho mejor.

Revisas tus correos y las cuentas. Tu trabajo aún no es lo suficiente para pagar deudas y ahorrar, debes de continuar, tu trabajo como cajero, dando clases, talleres, pláticas. En mi caso, guardo las cuentas y pendientes ajenos a la escritura en un mueble que tiene de cabecera un vidrio. Ahí escribí, «Si quieres tener dinero, vende productos farmacéuticos». Debajo del letrero, dibujé un pequeño foco que me recuerda que necesito una nueva idea, que estoy haciendo lo que dicta mi alma. Sonrío, me siento feliz por no seguir una tendencia o tener que utilizar leggings para vender mi trabajo. Escribo lo que siento y lo que quiero. Es todo lo que necesito. Tomó un libro de Dickens, Cervantes o Verne, lo único que leo antes de dormir.

Mañana hay que comenzar todo de nuevo, una nueva aventura.

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