El pensar científico.

La Tsa’ba es la lucha que enfrentamos a la hora de crear una obra auténtica. Se presenta en distintas formas: perfeccionamiento, miedo a la crítica plana y académica, juicios de gente simple. Estos son los enemigos que debemos de vencer. La inspiración es la mejor arma; el trabajo del artesano, la mejor defensa.

El ambiente perfecto para encontrar a la inspiración, in tlamachtiliztli, no existe. No es un espacio que se pueda construir o acceder fácilmente. Muchas veces, la Tsa’ba, nos engaña, a través de espías que nos confunden para colocarnos en un laberinto sin salida. Este espía nos convence de que existe un lugar perfecto, que ofrece las condiciones adecuadas para encontrar a in tlamachtiliztli. Sin embargo, esta vive dentro de nosotros mismo, y aparece en el momento que menos lo esperamos.

Por eso es común, cuando estamos en compañía de un científico, que este se distraiga con facilidad. Aparenta no estar presente, pero sin duda, está en el ahora: sensible y atento a todo lo que lo rodea.

La paciencia del espíritu y la persistencia de la mente.

In tlamachtiliztli llega cuando hacemos, cuando trabajamos en nuestro proyecto: en la siembra. Cuando en lugar de evitar la Tsa’ba le damos frente. Superamos nuestros miedos, y dejamos a un lado las distracciones ajenas a la semilla que se plantó.

Pensar constantemente en la semilla —la idea—, es el trabajo, para eso necesitamos paciencia. Porque, nada que valga la pena, florece de manera espontánea. Necesita de alimento, de energía. El científico la debe de regar, cuidar, y observar a la semilla para que, a las primeras raíces, la alimente con el sustrato correcto. Ese es el trabajo del artesano.

Por el otro lado, es importante que persista en su lucha, día a día, debe de estar consciente de la labor frente a él, sin perder de vista sus objetivos. Todo lo que haga ajeno a cuidar de la siembra, es desgaste. Es energía que no está enfocada en su tarea. Por eso el científico debe de trabajar con intención.

Hablamos cuando debemos de escuchar.

Muchos científicos, para sobrevivir, están obligados a laborar en proyectos o áreas ajenas a los deseos de su alma. Viven rodeados de distracciones —obstáculos— que le impiden un silencio que anhelan en su soledad. Estos científicos tienen una Tsa’ba feroz con su ambiente. Los de fuerte espíritu, encuentran herramientas, tiempo, para poder llevar a cabo los deseos de sus entrañas. Los débiles los esconden en el baúl de los pretextos.

El científico, de espíritu fuerte, se adapta, y encuentra en todo lo que lo circunda, el sustrato para su semilla. Vive en el presente, suprime sus juicios para escuchar a los Otros, porque busca respuestas, alimento para la siembra. En lugar de señalamientos, genera preguntas.

El ruido interno es aún más escandaloso que el externo. Porque el científico vive una batalla con sus ideas. Y, cuando la Tsa’balo agota, busca distracciones; sencillas de encontrar en un mundo que es lo que más ofrece. De ahí que la mente invente el ambiente propicio para encontrar la inspiración. Pero esta es una mente apática, que no se sabe adaptar, porque no quiere enfrentar al ruido interno, aumenta el volumen del externo. Cuando en la realidad, es ahí donde están las claves para motivar a la inspiración a florecer. El exterior es la fuente, y debemos de aprender a escucharla.

Porque el científico duda de lo que sabe; no cree en absolutos. Es un detective vivo, consciente de que debe reunir la mayor cantidad de datos antes de formular una teoría. Tiene un sistema que le permite combinar su trabajo artesanal con el de las ideas.

Escucha en lugar de opinar. Su trabajo, la floración de la semilla, es el marco de sus opiniones. Así se expresa un científico, a través de lo que hace, de lo que lo identifica.

Conclusiones desde la mirada errante.

Ningún científico es inmune contra la tsa’ba que se presenta en forma de apatía. Las ideas circulan libres en la mente de las personas, todo el día. Se mueven de un lado a otro, capturarlas no es sencillo, por lo general son escolta del montón de decisiones que aparecen en cada rincón de la mente. Más cuando la exploramos.

Los hábitos y los sistemas nos ayudan a enfrentar el agotamiento. Ayuda también la concentración, pero sobre todo, el verdadero auxilio, descansa en la paciencia. Con ella podemos dejar a un lado las particularidades y mirar todo desde un plano general, para eso necesitamos objetivos.

La persistencia es la clave del artesano para desmenuzar cada objetivo en pequeñas tareas, alcanzables, reales. Sin engaños, alejadas de las falsas expectativas. Es importante poner las manos a trabajar, pero es vital hacerlo todos los días. Así ejercitamos el músculo del pensamiento y la reflexión. Al igual que cualquier órgano, usarlo sin calentamiento, sin práctica, se desgarra. Únicamente la persistencia lo fortalecerá.

Pero el éxito de toda lucha se logra a través de la perseverancia. Tenemos que organizarnos para administrar nuestra energía y, saber dónde emplearla. De ahí la frase “él que persevera alcanza”.

En paralelo, tenemos que aprender a escuchar, para dejar que la inspiración nos sorprenda. Entonces darle libertad. Sin embargo, se logra con práctica, con la experiencia de vivir, interpretar, y la curiosidad. Sin preguntarnos —creer en verdades absolutas—, nuestra mente se cierra, ¿para qué aprender o escuchar si ya lo sé todo? Esta es la forma culminante de la apatía, disfrazada con la corona del pretexto.

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