Por un nuevo giro

En algún lado leí que tomar café por la mañana a primera hora era malo, que era mejor tomar té. El efecto del café es inigualable; es como un chapuzón de agua fría para iniciar el día. Así que busqué todo tipo de infusión que funcionara como la patada que el café mañanero da. Después del ensayo y error, elegí por una mezcla de té blanco con jugo de granada. Una poción efectiva; no obstante, lejana al olor de un café amargo. Así que después de mi té, ya más tarde en el día, busco una buena taza de café negro.

Es un problema de los blogueros que están llenos de consejos que ya no son simples sugerencias. Son afirmaciones. Venden la idea de que al seguirlos garantizan el éxito.

Al viajar por la memoria de cómo es que caí en este nuevo hábito. ¿Cómo caí en hacer caso a la aseveración? Según lo recuerdo, fue por la manera en que evolucionaron las discusiones. Hace años, antes de la era Google, cuando hablaba de un tema, me llenaba de datos. Si algo de la información que se escupía sonaba mal, lo apuntaba en mi libreta, y ya con calma, lo revisaba en mi casa u oficina para digerir los asuntos de la conversación.

Pero ya con Google a la mano en los celulares, los datos de cualquier conversación se validaban en vivo. A partir de ahí, todo lo que aparecía en el buscador se convertía en un axioma. ¿Cómo contradecir a lo que se daba una fe ciega de veracidad? Supongo que fue por esas épocas cuando, en lo privado, las dudas que llegaban a mi mente curiosa y apática me arrastraban a navegar como náufrago en el mar del Internet para encontrar respuestas.

Fui débil, sin lugar a dudas, pero también era cansado discutir con personas que parecían no tener dudas en cuanto a lo que decían. Ya no compartían sus inquietudes para intentar llegar a una verdad. En un parpadeo, el Internet se llenó de sabios. Las redes sociales de citas y frases de personas populares puestas fuera de contexto sin ninguna especie de análisis o filtro.

Ahora todo esto es común y para nada extraño; sin embargo, en retrospectiva parece absurdo que cayera en esa trampa con tanta facilidad. Debo culpar a esa neurona milenaria que ronda en mi interior, que siempre busca el camino más corto. Aun así, esto no justifica mi debilidad para dejarme influir en muchas de las barbaridades que se publican sin moral ni ética. Lo cual no deseo ni propongo que se termine. Soy un ferviente partidario de la democracia radical y la libre expresión. Pero ahora veo la razón por la que cualquier hijo de vecino despierta con la idea de venderse como el nuevo líder moral.

El cambio de brebaje matutino se dio por buscar en el Internet ayuda para iniciar con el proyecto de una novela. Por ese entonces ya escribía guiones para cine. Pero tenía en la cabeza desde años atrás escribir una novela. ¿Cómo comenzar? Esa fue la línea de partida.

En un abrir y cerrar de ojos estaba inscrito en listas de correo de personas que escribían sobre rutinas efectivas para cumplir con una cantidad de palabras antes del mediodía. Sonaban sensatas; no obstante, en ningún momento se me pasó por la mente verificar las credenciales de quien las comunicaba. Hoy puedo decir que de ese montón de listas inscritas, solo un par de autores eran escritores de novelas o guiones o de cualquier otra rama de la escritura aparte de escribir blogs. Por eso les preocupaba tanto la cantidad de caracteres y palabras y hacerlo antes del mediodía. Son cazadores en busca de inocentes como yo.

Por suerte tenía un filtro que me impedía seguir al pie de la letra esas rutinas: querer disfrutar la vida. En lo personal, no mido mis niveles de productividad con cantidad de palabras y horas de trabajo. Para mí escribir es un placer. Un momento de reflexión y conversación que tengo conmigo. Seguir la rutina tendría cambios drásticos en la sazón de mis días. Para empezar, tengo una Pandilla Salvaje que consta de una jauría de perros que están a mi lado constantemente. Más allá del pequeño espacio donde descansa la puma y el papel, todo en la casa es su territorio. Un par de ellos cree ser gato y se tiran sobre el escritorio de trabajo para arrullarse con la pluma o el sonido de las teclas cuando transcribo.

Además, me cansa seguir horarios estrictos. Ya pagué la cuota en mis once años en la Fuerza Aérea Mexicana y otros 15 en la producción cinematográfica. Ahora mi tiempo se rige por la contemplación, la vagancia y leer. Cuando no estoy en ello, los minutos restantes son para la Pandilla Salvaje y mi pareja. Tampoco cuento con un ejército de sirvientes que se encargue de lavar la ropa, hacer el aseo e ir de compras. Cuento con un sentido de supervivencia que me obliga a hacer estas tareas rutinarias y agotadoras.

Por puro impulso seguí un tiempo las rutinas. No fue del todo mal; me ayudaron a encontrar mi propio ritmo y sistema de trabajo. Con el tiempo logré escribir mi primera novela y sobrellevar el esfuerzo que es hacerlo sin terminar con fatiga creativa.

No todo lo que escupe el Internet es malo. Prefiero sentarme a conversar con las personas para intercambiar ideas y recibir consejos de conocidos; pero las nuevas formas de comunicación se adaptan bien al moderno ajetreo diario de una ciudad que demanda productividad y el consumo.

Si algo aprendo de la nueva modalidad es a evaluar y analizar todo lo que leo. De nuevo me encuentro tomando notas y regresando a los viejos libros para buscar las contradicciones de lo que se asegura. En lo personal, me gustaría volver a escuchar conversaciones llenas de dudas, no saturadas de afirmaciones. Es un sueño que quedará para el pasado. El mundo cada vez despierta con el deseo de más certezas. Ya el valor para la incertidumbre de la aventura queda para los videojuegos y las películas de Disney+.

Lo que no cambia son los propósitos de un año nuevo. La ilusión de ese giro de engranajes normal y común. En el que creemos limpiar las telarañas tejidas por años que nos impiden cumplir las metas nuevas o quizás resucitarlas de nuestras listas de pendientes.


MIS LIBROS

Tu tanta falta de querer

Murphy le enseñó a pensar. Entre la opresión militar que devora su barrio y la lealtad hacia el único hombre que le mostró cómo resistir, un joven debe elegir qué tipo de persona será cuando el mundo se derrumbe. Una novela intensa sobre la fuerza del conocimiento frente al poder de las armas.

Nunca es suficiente

En el México donde el poder y la violencia mandan, «Nunca es suficiente» retrata vidas marcadas por el dolor y la resistencia frente a la manipulación por parte del gobierno, ejército y traficantes. A través de personajes inolvidables, la novela expone el precio de la supervivencia en una sociedad donde la paz siempre parece inalcanzable.

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