Tengo la costumbre de que, al manejar, ignoro la luz roja del semáforo cuando recién pasa del amarillo. Mi pareja lo señala: «Es una sugerencia», contesto infantil. Me gusta ser desobediente. Este comportamiento imprudente viene de mi naturaleza por cuestionar las reglas. No es que no crea en ellas; para mí las reglas son una sutil sugerencia que merece un análisis. Hay un montón de normas que simplemente ignoro sin la menor intención de sentarme a pensar el porqué de su existencia.
Para empezar, muchas reglas que nos rigen y limitan son hechas para lo general. La mayoría nacieron del principio moral individual para funcionar dentro de un colectivo. Digamos que funcionan a cada persona como un barómetro moral para imponerse límites y que nos permiten vivir en libertad. Por ejemplo, las que señalan no hacer daño al prójimo y a su propiedad. Suena coherente si convivo dentro de una sociedad. Respétame para que te respete. Es esencialmente el principio de todas las reglas pensadas para vivir y dejar vivir.
Claro, esto es una reducción. Pero bajo este principio se plasmaron un bonche de ideas en libros religiosos, constituciones y bibliografía jurídica con la prosa y estilo consecuente a cada rama social. La finalidad de las adaptaciones era evitar las “malas interpretaciones”. De ahí que, en lo general, exista una persona o Estado que decide cuál es la “correcta interpretación” de la norma. En lo general, suena lógica la aplicación de la interpretación. Pero hay normas y reglas que en lo particular cuesta trabajo comprenderlas. Es cuando pienso que torcer un poco, o incluso romperla, no estaría del todo mal.
Quebrar una regla no es tan sencillo. Lo inteligente sería, antes de quebrarla, aprenderla y comprenderla. Sin embargo, durante el trayecto que conlleva el aprendizaje, quedo convencido de su interpretación académica. Aunque en el fondo de mi ser aún quede el instinto por destruir, el equilibrado barómetro me lo impide.
Ante este resultado, opto por ignorar las reglas. No merecen mi atención a menos que en algún momento necesite de ellas. Es una decisión conveniente, llena de ignorancia, pero conveniente.
En la escritura existen un montón de normas que parecen arbitrarias, cuya lógica convencional no tiene ninguna lógica en lo particular. Por ejemplo, el punto después de comillas en el castellano e inglés británico, pero antes de comillas en el inglés norteamericano. El inglés norteamericano justifica la práctica por tradición y estilo. El castellano, más rígido, es la lógica sintáctica. Si analizo el asunto, es posible que acepte la justificación sintáctica que tiene una base sólida en lugar de ser una especie de capricho. Pero la apatía de mi cabeza de seguro hará lo que se le venga en gana y justificará lo que haga con cualquier norma que invente y sea conveniente.
Mi apatía siempre escoge la desobediencia. Es causa del constante cambio que hay en las reglas de todo. Eso que ahora defiende una sociedad como máxima moral, el día de mañana se transforma en una práctica convencional. El ejemplo que se me viene a la mente es el divorcio. Cierto, todavía existen grupos sociales que lo maldicen y lo juzgan, pero eso no implica que existan personas con uno o múltiples divorcios y que caminen sin ninguna vergüenza, incluso entre esos grupos de prejuicio.
No pienso en desmenuzar la metafísica de las normas. Ni las razones de su existencia. Eso sería situarme en el tiempo. Además, ignoro todo sobre el tema. En cambio, me gustaría no conocer ninguna norma para ignorarlas todas. Jamás haberlas conocido, sino que, por pura necesidad, crear las propias.
Conocerlas es como tener un amarre al cuello que me jala cada vez que quiero oler algo nuevo. Mientras un escritor inteligente aprende a extender la correa para moverse a cualquier rincón, yo me enredo con ella entre las patas cuando la aspiración señala una esquina o un borde listo para explorarse.
Me lleva tiempo escribir. Aller Anfang ist schwer. Lo hago hasta que olvido las reglas para librarme de la correa y manipularla. Lo que deseo es caminar sin que me miren de soslayo.
En ese momento de libertad reconozco la responsabilidad de escribir ignorando todo. Asumo el egoísmo de las oraciones y los párrafos. Me tiene sin cuidado mientras existan lectores que antepongan las reglas a las ideas. Recorrer un camino con la guía de la obediencia y la disciplina lleva a una sociedad en una misma dirección.
¿Cuál sería el problema de eliminar las etiquetas en los textos? ¿Desorden? Textos sueltos dando saltos. ¿Es tanta la molestia de tener que buscar algo entre el desorden para evitar el desgaste a la incertidumbre? El desorden es una perspectiva. Prefiero verlo como un caos. Que todo sea tan salvaje que cubra lo que ofrece la certeza.
Lo prefiero aun a pesar de que no hay tiempo para explorar. Todo sucede tan veloz que poco queda para contemplar. Y la frase se repite: si no está roto, ¿para qué cambiarlo? Todo aparenta evolucionar a Mediocristan.
La desobediencia no viene sola; la acompañan problemas incómodos. Conflictos existenciales que me hacen atacar un problema por el camino complejo o, dicho de otra forma, dar vueltas para resolver algo que, según la norma, es sencillo. Para mí, ir de la A a la B no es tan fácil. Antes recorro C, E, D, S, X, N y P. A veces nunca llego a B.
Es cansado, pero para mi espíritu desobediente lo es más seguir una regla, aunque esta ofrezca la solución sencilla. En la experiencia he descubierto que la sencillez no me satisface y después viene la culpa.
Abrumado, me pregunto: ¿Por qué no hice en principio lo que deseaba hacer? Ese camino es largo y tedioso y, después del recorrido, en ocasiones, llego al mismo punto al que se llega con el camino sencillo. Sí, tal vez, pero hay una ventaja en la desobediencia: la oportunidad de vivir una aventura.
Hubo un tiempo en que esta aventura estaba llena de experiencias y el costo de adquirirla era barato. Los tiempos cambian. La inversión actual me ha dejado en la bancarrota.
¿Qué tan malo sería ser un vagabundo? Con la pregunta aumentan mis inseguridades. Hago oídos sordos a la ambición que la vanidad grita para convencerme de seguir como un autor independiente. Mi espíritu desobediente se niega a ser domado. La única vez en mi vida que lo sometí, terminé agotado compartiendo una cabeza con un desconocido frustrado. A la voz que escucho es la que dice: No te detengas.
MIS LIBROS
Tu tanta falta de querer
Murphy le enseñó a pensar. Entre la opresión militar que devora su barrio y la lealtad hacia el único hombre que le mostró cómo resistir, un joven debe elegir qué tipo de persona será cuando el mundo se derrumbe. Una novela intensa sobre la fuerza del conocimiento frente al poder de las armas.
Nunca es suficiente
En el México donde el poder y la violencia mandan, «Nunca es suficiente» retrata vidas marcadas por el dolor y la resistencia frente a la manipulación por parte del gobierno, ejército y traficantes. A través de personajes inolvidables, la novela expone el precio de la supervivencia en una sociedad donde la paz siempre parece inalcanzable.
