Un año y medio antes del COVID, con la esperanza de alimentar mi deseo por continuar mi camino en la producción cinematográfica, inicié una serie de talleres. El fin principal era encontrar entusiastas apasionados para generar ideas aun sin la contaminación de los egos mezquinos de la industria. El cine pierde calidad de contenido, eso es lo que miro en el horizonte. Todavía nos falta llegar a la cúspide de ese camino donde ya el cine, el arte sea tan falso como una fiesta de quinceañera.
Fueron tres talleres gratuitos. El primero tuvo 5 participantes; el segundo, 4; el tercero, 2. El resultado: cuatro cortometrajes y un mediometraje que se realizó en el norte del país. El primer año de la pandemia suspendí los talleres. Al regresar en actividades dos talleres, los declaré desiertos por falta de interés. «El problema es que los das gratis», me dijo un conocido. Siguiendo su consejo, abrí una convocatoria nueva en la que tuve 13 participantes; lleno completo. De eso siguió uno más y el último. Igual, cupo lleno. En estos dos últimos no se produjo nada.
En el último taller hubo más quejas, críticas y lamentaciones que intercambio de ideas. Muchas de las quejas, enfocadas al espacio e instrumentos que usaba para impartir las clases. Por lo cual decidí devolver el dinero a los asistentes al final del taller. Después de eso decidí no volver a dar talleres de ningún tipo. Colateralmente, abandoné la idea de regresar a la producción cinematográfica.
La desilusión no tuvo nada que ver con el fracaso de los últimos dos talleres. Viene del engaño en el que estaba sumido al creer que había esperanza en cambiar la dirección en la que va la expresión artística. La inercia nos lleva directo a la cúspide de disfrutar lo falso y confortable. Sé que todavía estamos en el camino porque descubro artistas que protestan a través de su obra en lugar de hacerlo entre la muchedumbre. Encuentran la mezcla perfecta entre reflexión y entretenimiento. Pero su obra queda enterrada bajo la vorágine del consumo popular que prefiere a las alucinaciones manejables.
Me gusta decir que ahora justificamos al verdugo por ser el primero en hablar a la hora de la ejecución. La velocidad con la que se difunde su palabra no da tiempo para que veamos la mentira que se esconde entre las líneas. Cuando la mentira florece, el verdugo ya está en otra ejecución mientras el cuerpo de la primera víctima aún no cae por completo al piso. Estamos en una película de Sam Peckinpah sin ser conscientes. Y, creemos o deseamos, estar en una producción de J. J. Abrams.
El verdugo no se detiene ni un instante para que tomemos aire. Mientras los medios de comunicación, modernos y convencionales, promueven el mensaje de los milagros negativos para vendernos papel de baño. Cuanto más caro, mejor. Ya no somos capaces de apagar todo y disfrutar no hacer nada más que contemplar para desemejarnos. Dejamos todo en «ON» para que nos digan qué pensar y qué sentir.
Mientras no haya un cambio de dirección, seguiremos en la ruta a la cúspide; es inevitable. Solo en ese bucle el ser humano evoluciona. Luego vendrá la inevitabilidad del humillante declive.
Mi universo es pequeño; no hablo de generalizaciones. En lo que llevo de vida, acaso he cruzado mi camino con 8,000 personas. Muchas de ellas me instruyeron. Pero miro a mi alrededor y escucho las mentiras con las que me desarrollé. La fórmula perfecta de la moral y ética que se me vendió continúa ahí. Detrás de la mirada llena de una mezquindad que avergüenza. Esa ilusión de mantener la creencia de que seguir las reglas nos va a llevar a la tierra prometida.
Lo que en realidad esconden es la vergüenza de saber torcer las reglas para sacar provecho y alcanzar la popularidad del triunfo. Eso tóxico que en la actualidad llamamos éxito no es más que aferrarse a la idea de que vivimos en un mundo racional. Mientras la realidad corrompe todo lo que es puro hasta hacerlo polvo. En la práctica, corromper es lo que nos hace avanzar. Eso no lo dicen con los puntos y comas y con las palabras exactas. Lo disfrazamos con la fórmula de la “vida correcta”; es una farsa llamada maduración.
Ahí es donde libro una lucha interna. Cuando me niego a perder la inocencia. Quiero soñar que hay todavía algo que vive fuera de mi pequeño universo que se niega a corromperse. Pero cada vez es más complicado el viaje para encontrar ese otro mundo. En cada nuevo descubrimiento, al analizar, encuentro que sus cimientos son maleables. Como las estructuras modernas que sostienen a los edificios para que no caigan con las sacudidas. Se adaptan a los tiempos modernos las opiniones y afirmaciones categóricas. Ya no son opiniones en mármol, sino estructura de pisos, uno sobre otro, deformes que ensombrecen el paisaje.
Lo que escucho son generalizaciones. Nada se ve desde lo particular. ¿Es posible que tanta información nos haga ver la realidad de que nuestras vidas son insignificantes en el contexto universal? ¿Es por eso que entramos en esa lógica de mentiras negativas? Al debatir sobre la idea, me encuentro que se sostiene de más mentiras y más mentiras hasta crear un mundo de verdadera fantasía. Lejos de mi realidad.
Debatir así es imposible para llegar a la verdad. En ese contexto, la curiosidad se alimenta de verdades alternativas o de otros datos, para utilizar el lenguaje político de la actualidad. Otra cosa que me altera es observar cómo, al cuestionar los argumentos llenos de suposiciones, las personas se ofenden. Como si estuvieran decididas a defender su fantasía contra conjeturas sólidas que muestran el camino no recorrido.
En lugar de enfrentar sus propios argumentos llenos de moral y ética, se escudan en el producto de sus triunfos. Con estos adquieren celulares y autos que los definen. Los nuevos rituales corruptos que visten y calzan a la persona de éxito. Ya nadie cuestiona cómo consiguió sus adquisiciones. Son útiles para la humanidad, son los que nos llenan de nuevas necesidades que no sabíamos que eran necesarias. No importa su procedencia, menos el costo humano para lograr su fabricación. Hay una defensa alternativa, ¿quién dice o tiene verdaderas pruebas de que los pobres viven bajo condiciones esclavizantes para producir los bienes de la clase media y alta del mundo?
No hay pruebas contundentes. El que piensa lo contrario es socialista. Porque el socialismo es malo. Así terminan los debates hoy en día. El nuevo ritual de lo ambiguo y políticamente correcto. El estándar para que todo lo que se diga fuera de mi círculo de comprensión y creencias sea ofensivo.
Como digo, la cúspide está cerca. No hay una forma de saber cuánto más nos falta por recorrer, si no hasta que inicie el descenso, que por desgracia se hace a costa de miles de cadáveres. En nuestros tiempos de sobrepoblación será a costa de millones. Esos que con valor y curiosidad enfrentan sus miedos. Dos virtudes que los poetas nos ayudan a valorar.
La persistencia de los inocentes y soñadores es la que nos salva de una caída mortal. Aunque sean pocos, uno es suficiente para amortiguar la caída. Por eso, a pesar de las mentiras y envidias, nuestra supervivencia nos obliga a defender a los que creen que el amor lo resuelve todo. Aunque esto parezca más una fantasía que una realidad.
MIS LIBROS
Tu tanta falta de querer
Murphy le enseñó a pensar. Entre la opresión militar que devora su barrio y la lealtad hacia el único hombre que le mostró cómo resistir, un joven debe elegir qué tipo de persona será cuando el mundo se derrumbe. Una novela intensa sobre la fuerza del conocimiento frente al poder de las armas.
Nunca es suficiente
En el México donde el poder y la violencia mandan, «Nunca es suficiente» retrata vidas marcadas por el dolor y la resistencia frente a la manipulación por parte del gobierno, ejército y traficantes. A través de personajes inolvidables, la novela expone el precio de la supervivencia en una sociedad donde la paz siempre parece inalcanzable.
