El agente interno

Hay un momento, justo antes de leer lo que escribí, en que todo es posible. El texto existe sin testigos. Nadie lo ha politizado todavía.

Luego lo leo.

Y ahí aparece él: el agente interno, el muy porrista, ese que lleva años ajeno a todo lo que invertí en mi fracaso. Tiene la impaciencia de quien sabe que va a cobrar. Su argumento no es literario —es más refinado que eso. Me dice que hay frases que “vacían la idea original”, que el texto necesita ser comprensible para personas que no conozco, que viven en un mundo virtual donde la moral puritana es el regidor y el algoritmo, el sacerdote.

Como si los puros no supieran que quienes escribieron sus normas, cuando vivieron, fueron corruptos y rebeldes.

Pero el agente no necesita tener razón. Solo necesita que yo le abra la puerta.

El problema con escribir desde el subsuelo del consciente es que el resultado suena rítmico y lógico precisamente porque no estás pensando en el lector. Y eso, para el mercado de lo popular, es un defecto. La solución es sencilla: adjetivos. No uno, varios. Hay que exprimir la pluma y reforzar la mentira hasta que cualquier idea se transforme en otra cosa. Es como informarse del clima solo si se da en vestido entallado y corto.

Prefiero las palabras ambiguas. Las que todavía no han sido reclamadas por nadie, antes de que las politicen y pierdan esa belleza de la interpretación para convertirse en un absoluto. Palabras que el uso vulgarizó porque la persona promedio las necesitaba para señalar las impurezas que incomodaban la blancura de su alma. Esas ya no se pueden rescatar. Se las llevaron.

Lo que queda es esto: muchos años invirtiendo en fracasos para que el agente interno siga dando vueltas, cuestionándolo todo. Sus señalamientos son peores que las pinzas de las que cuelgo la historia. No propone lógica. Propone reconocimiento. Y el reconocimiento viene de personas que aprueban las mentiras que dices —entonces puedes reinterpretar todo. Siempre subestimamos la cantidad de estúpidos que caminan entre nosotros.

Personalmente, en cada reflejo veo al menos uno.

Aun así, ese actor quiere entrar de manera voluntaria a la prisión de lo popular. Buena compañía se consiguió. A mí no me aprecia. No entiende al fracasado que goza de acariciar a la Pandilla Salvaje, que vive sin prisa dentro de una vagancia contemplativa.

Tú, en cambio, sigues leyendo.

Pandilla Salvaje
Pandilla Salvaje

Flâneur errante

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