¿Por qué las personas buscan respuestas rápidas para confirmar lo que piensan o creen? Blanco o negro; bueno o malo; cierto o falso. Mirar los sucesos de la vida a través de un cristal tan simple es absurdo. Cada momento en que por el camino cruzo con alguien al borde de las emociones y que necesita de un pequeño empujón para justificar su necesidad de sentirse ofendido para continuar en busca del sentido de la vida, termino agotado.
En una necesidad por escapar de una charla de esas en que se discuten grandes temas que afectan al mundo, salí de la casa de mi madre a la tienda de autoservicio. Cuatro cuadras para llegar a la más cercana; suficiente para fumar un cigarro y regresar al instante en que los gritos de la conversación fastidien a los de pensamiento de corto plazo y terminar el absurdo sin que me ensucie las manos.
Pero en cuanto mis pies estuvieron fuera, apareció Nicolás, uno de mis vecinos de la infancia, de aquellos años cuando las calles nos pertenecían. Hicimos un saludo cortés y, para mi mala fortuna, decidió acompañarme «para platicar un rato». Nicolás es fácil de ofender y era probable que terminara cansado en tan corto recorrido solo por darle la razón de todo lo que pensaba “platicar”. Lo debí de haber presentido; en el momento en que me levanté de mi lugar en casa de mi madre, la conversación se inclinaba hacia los enfrentamientos del gobierno contra el narcotráfico sucedidos en el país. Eso fue lo primero que me preguntó mi acompañante; «trágico» fue lo único que pude decir como si pensara mucho en mi respuesta. Claro que no importaba lo que dijera; Nicolás ya tenía formada una opinión y, sin decoro alguno, la compartió.
Sin ganas de discutir para no herirle, guardé mis palabras. Porque cualquiera que fuera mi argumento —aun si este validara su punto de vista— habría de su parte un contraargumento que contradijera incluso su misma opinión. Ante la deferencia, habló de los daños del tabaco. Presumió que llevaba ya doce años sin fumar. Lo miré sonriente al momento en que prendí mi cigarro. De regreso a casa lo escuché en silencio; saltaba de un tema a otro. Todo lo que sucedía en el mundo, en el universo, lo aquejaba. Al llegar a la esquina donde jugábamos al frontón contra el muro de ladrillos de una casa de tres pisos, la nostalgia lo invadió. Intento cruzar la calle para mirar ese muro y vivir de nuevo un momento en el que todo era sencillo. Pero el tráfico de autos era continuo y desistió; además, no me detuve para esperarlo. La casa de mi madre estaba cerca.
Nos despedimos con la promesa vacía de vernos de nuevo, quizás organizar una reunión aunque solamente fuéramos él y yo de los otros ocho amigos de aquellos años felices. Por fin entré a la casa. Estaba agotado y molesto conmigo por haberle dado la razón en todo lo que dijo. Mientras en la sala, ya a los gritos, seguía el intercambio de opiniones y soluciones para resolver los problemas del mundo entero. Fue inútil mi escape para evitar las fricciones de la intolerancia.
Sin poder dilucidar un pretexto, me senté a escuchar las deliberaciones. Los temas cambiaban tan rápido que era extenuante poner atención. En mi ausencia, uno de los presentes propuso como solución un sistema socialista. Supuse esto porque hablaban de lo indigno que era ver el pueblo de Santa Fé con sus casas de cartón, colindar con la zona de ricos con sus mansiones y edificios de lujo. La conversación me hizo imaginar, no sé por qué, una prisión con sobrepoblación. Y lo único que podría concluir es que tanto los presentes en la reunión como mi amigo Nicolás se les hacía más sencillo predecir el fin del mundo que el fin del capitalismo.
Por andar distraído, por responder a las preguntas: ¿Cuánto más debo esperar para despedirme? ¿Cuál será el momento adecuado? No me percaté de que la conversación paró cuando, ofendido, el esposo de mi madre dijo: “¡Esa es tu opinión!”. Ese era el instante para preparar la huida, pero estaba agotado para reaccionar. En segundos, la oportunidad se desvaneció entre la discusión sobre la libre expresión.
Transcurrió una hora más hasta que mi hermana se paró de su lugar. Como borrego la seguí: «Este es el momento justo. Me subo a este barco y me voy». “No te pares”, dijo. “Yo te sirvo, ¿qué quieres?”. ¿Qué pasaría si todos en ese instante tuvieran la razón sobre todos los temas y soluciones que ofrecían?
El momento de tomar una decisión era inevitable: seguir ahí exprimiendo las últimas gotas de control o iniciar un debate que convirtiera en un infierno la noche. La segunda opción me agradaba. La reunión sucedió con motivo de juntar a un par de tías, dos primos y un sobrino de la familia de mi mamá. Quedarme significaba que por la noche no podría trabajar en la transcripción de mi novela. Calcule la posibilidad de que una buena y tradicional discusión familiar me llenaría de energía de nuevo.
Pero con el vuelo supersónico actual de la información, no podía digerir los temas para, en medio de uno, inyectar la polémica. Extraño esos días en los que solo se hablaba de series de Netflix y, si deseaba estar al tanto de una conversación, tenía que desvelarme un par de días. Si eso era lo más banal que se me podía ocurrir que pasara, hemos encontrado niveles más bajos. Los noticieros están decididos a llenar la cabeza de los televidentes con temas en los que nada podemos hacer. Justo como son los canales deportivos y sus tontos análisis.
Al momento de este relato, ya había un nuevo asunto en el mundo: la guerra de Estados Unidos en Irán. Inició con un bombardeo que mató a varios inocentes, de los cuales ahora se habla menos que de lo que se habló en su momento de unos ociosos millonarios muertos en un submarino para ver las ruinas del Titanic.
Las copas siguieron circulando; tomé dos más, fui al baño y, sin despedirme, salí rumbo a la casa. Mi madre me habló a las dos horas preguntando dónde estaba. «¿Saliste de nuevo a fumar?».
Estaba en el escritorio al borde de la desesperación cuando recibí la llamada. No decidía aún si ponerme a trabajar o navegar por el internet para evaluar la sobreinformación que recibí en la reunión familiar. «Me despedí», le dije. «Creo que tú andabas en otro cuarto cuando dije adiós». Recuerdo las conversaciones de antaño cuando protestaba por la vida. Los días en que hablábamos acerca de los sacrificios que se necesitan para alcanzar los sueños. Ahora todas las conversaciones giran alrededor de fatalismos mundiales en lugar de la desesperación personal.
