La Pandilla Salvaje se echa alrededor de mí cuando escribo. Están acostumbrados al sonido del teclado que parece arrullarlos. Es una fantasía mía. Los gritos de los motores, los perros que pasean frente a la casa, los zanates que discuten en las ramas de los árboles y las lagartijas que corren por los muros los hacen saltar. Cualquiera que conviva con perros sabe que el chisme es más interesante que la siesta profunda en la que parecen estar.
Cada explosión de saltos me recuerda cuando tuve mi primer celular. Sin importar lo que hacía, saltaba con cada alerta. Luego vinieron las redes sociales en las que nadaba en sus feeds. Creía que los mensajes y lo que tenían que decir las personas era de suma importancia. ¿Quién, en lugar de disfrutar de la vida, perdería el tiempo en compartir una imagen o un comentario si no fuera este importante? Lo mismo con los correos electrónicos y mensajes. Sinceramente, pensaba que una persona mandaba información o solicitaba ayuda después de agotar todo a su alcance para resolver un problema.
Inocente de mí. Aprendí a palos la máxima de Eisenhower: No todo lo importante es urgente y no todo lo urgente es importante.
Al parecer, esto que ahora señalan como un mal síntoma, tiene nombre: FOMO. Fear Of Missing Out (miedo a perderse algo). El horror de que en un instante las personas nos pueden olvidar. Esto no es nada nuevo ni extraño. El chisme de lavadero, el café con amigos, el periódico matutino, las noticias vespertinas, el correo y las revistas sociales atienden a la misma necesidad desde que el ser humano vive en sociedad. La diferencia es que en las redes sociales viven los sucesos de la gente común entre los eventos de importancia general.
Ignoro por qué la práctica es ya una crítica común entre las personas. Cuando no estoy trabajando, soy presa de todo lo que sucede en el Internet; lo disfruto. Cuando escribo o estoy en una conversación presencial, no tengo el celular a la mano. No por una imposición; el celular funciona como en el pasado lo hacía un teléfono fijo, vive sobre una mesa en la casa. Ahí, al lado del de mi pareja. Mi computadora utiliza un sistema operativo Linux, así que no tiene ninguna aplicación que me mande constantes anuncios y alertas innecesarios.
Esta desconexión voluntaria fue por crear un mal hábito al hacer la transcripción de mis apuntes. Durante este ejercicio le doy sentido a los garabatos y apuntes al margen que tengo para después pasar a una edición de ortografía y sintaxis. Es tedioso cuando los textos de mis novelas se convierten en un espagueti. Lo cual, por mi estilo de escritura salvaje, es común. Al estar descifrando durante algunas horas esas ideas, me abrumo. Lo cual me genera una fatiga creativa. Para distraerme, leía párrafos de algún libro que tenía a la mano. Pero llegó a convertirse en algo que me quitaba tiempo, ya que muchas veces no regresaba al trabajo hasta completar uno o dos capítulos. Al ser un lector lento, esto podría llevar tiempo valioso del día. Entonces quedaba agotado para volver a la transcripción.
El Internet fue una solución práctica. Entraba a alguna plataforma y leía un par de blogs o discurría entre fotos y comentarios un rato. Ya relajado, regresaba al trabajo. Pero el Internet es una telaraña hecha para capturar gallinas sin cabeza. Lo que en un inicio hacía por cinco o diez minutos, terminó por envolverme por horas. El problema no era esa facilidad con la que pasaba el tiempo. Fue que cuando al final cerraba la página de la plataforma, estaba como embrutecido. No era el mismo entusiasmo que tenía cuando ese tiempo lo hacía leyendo o paseando a la Pandilla Salvaje por la calle.
La voracidad de las plataformas de las redes sociales, que no satisfechas de acabar con la democracia del Internet, sembraron las semillas de los algoritmos. Me desagradó que todo se volviera cámaras de eco en las que aparecía sin desearlo. Ahora era todo afirmaciones categóricas. Ese fue el límite de mi apatía; los libros y los paseos me rescataron de la telaraña.
Lo que más me agotaba eran las generalizaciones sustentadas en el consenso universal de las líneas de tiempo en las plataformas particulares. Dulce ironía la de quejarse del consumo de las redes sociales en las mismas redes sociales. Compitiendo por cuál queja es mejor que otra. Eso entiendo de la aplicación de FOMO.
Mi regreso a la navegación entre mis plataformas se debe a la autopromoción de mis libros. Esa necedad de mantenerme como escritor independiente. Ahora, el algoritmo me etiqueta como escritor emergente. Como si mi arte naciera de un principio distinto al de otros escritores. Es la época de etiquetar todo para diferenciarnos. La discriminación moderna.
Esas etiquetas son peligrosas al insertarlas en tu alma porque te hacen creer mentiras. Todos vivimos de mentirnos; es lo más natural cuando todo a tu alrededor cae a pedazos. Pero tampoco es cierto. Eso es producto de la insistencia por querer ser fatalistas. Nos gusta ser fatalistas porque la naturaleza del ser humano es destruir. Así, predecir una desgracia es más sencillo que predecir un milagro. Además, ¿quién cree en los milagros hoy en día? Esos están limitados para la ignorancia de los que creen en supersticiones. Esa es otra mentira que nos decimos. Todos están en busca de milagros: negativos y positivos.
Esa voluntad ciega es la que me motiva para trabajar en mi transcripción cuando paso un rato en Internet promoviendo mis libros. La gallina sin cabeza ¡vive! Pero no sufro de FOMO y tampoco me avergüenzo de pasar un día entero entre vídeos, fotos y comentarios de mis amistades taxidérmicas.
Disfruto navegar en el Internet con sus ventajas y desventajas. En la actualidad, me ha facilitado alimentar esa mentira de la autopromoción. Cosa que en el pasado tuve que hacer tocando puertas. ¿Hay diferencia? Ninguna, la suerte sigue siendo un factor importante en la vida de los escritores. No importan los avances tecnológicos; las herramientas del escritor siguen siendo las palabras y la única forma de utilizarlas es la de gozar la aventura de la vida.
