Las dudas del escritor

Cuando nos sentamos a escribir, lo hacemos solos. Quiero decir que, aunque estemos en medio de un tumulto, el acto es solitario. Es algo paradójico. Por un lado, nos desconecta del mundo, pero por el otro, deseamos que nos integre e identifique. En semejante dilema en que el escritor se encuentra por voluntad propia, ¿cómo es que no se quiera estar lleno de dudas y bloqueos?

En la telaraña digital hay un aluvión de consejos para superar las dudas y bloqueos del escritor. Todos vistos desde una perspectiva individual. No existe una solución general para todos. Estos consejos tienden a señalar que el problema radica en nuestra falta de enfoque y disciplina. Quizás se explayen con más datos y más ejemplos. Pero, esencialmente, es lo que sugieren.

Sin embargo, estas características son del mundo moderno que está lleno de trampas para captar nuestra atención e incitarnos a consumir. Esta dinámica es solo un síntoma de la enfermedad de nuestra actualidad y nada podemos hacer para detener este flujo. Es por esto que los muchos expertos aconsejan transformarnos, cambiar lo que somos para contrarrestar los síntomas. Tomar estos consejos de forma literal nos da la misma ilusión de tranquilidad que los tarjetones de seguridad que viven en los asientos de vuelos comerciales.

El problema de reconfigurarse no va a hacer que el escritor pierda la incertidumbre al escribir. En realidad, nada lo puede hacer justo por la paradoja en la que se mete al tomar la puma y el papel. Este no es un problema moderno, existe desde que a Homero se le ocurrió poner por escrito sus cantos. Pero pensemos por un momento: al cambiar nuestras maneras de vivir para lograr nuestros objetivos como artistas, ¿qué perdemos en el proceso? Esto sí estamos de acuerdo en que al escribir invocamos a nuestra conciencia.

Cada párrafo que escribimos trata de la actitud con la que vemos a nuestro mundo. Esos bloqueos y dudas no son por falta de voluntad, sino que son causados al llevar a cabo prácticas que al ser humano le cuestan esfuerzo extra: pensar, razonar y reflexionar. Estas suceden en un diálogo interno que, al expresarse con palabras, genera contradicciones. Por eso el escritor termina por convertirse, al menos mientras tiene la pluma en la mano, en un ser humilde, con más incertidumbres que certezas.

Es así como muchos escritores en algún momento llegan a esa encrucijada de dudas y bloqueos. Los consejos que se comparten son buenos. Ayudan de guía para los que están de verdad en el hoyo de la inseguridad y sin poder encender la chispa. También sirven para hacernos ver que las dudas no son un problema aislado y particular; aquejan a todos los artistas en algún momento.

El engaño mayor de los bloqueos es que nos convencen de que hemos quedado sin ideas, vacíos. Lo cual es difícil de creer, porque todos contamos con el poder de la imaginación. Pero la creencia nos sume en un atolladero y nos comparamos con otros escritores para salir de este. Nos preguntamos: ¿cómo es que estos siempre tienen algo que decir? Toda esta resistencia no es más que el ego que intenta boicotearnos y nos ofrece salidas fáciles. Como dije antes: en la actualidad están por todos lados. Patricia Highsmith callaba a las incertidumbres con una copa de whiskey antes de escribir y, mientras tecleaba, tomaba vino. El tabaco es otra forma que ayuda a combatir la ansiedad. Hemingway escribió de pie. Claro que estos remedios y otro tanto de los de escritores del pasado son ahora mal vistos. La mayoría, poco saludables.

Pero no es que uno tenga que hacerse alcohólico o fumador compulsivo para superar las barreras del bloqueo. Hay otro tanto de escritores que tuvieron otras soluciones saludables como caminar y tener conversaciones con amigos y familiares. Claro, también están los que se aíslan de todo y de todos. Pero si nos fijamos bien, todos encuentran como el mejor remedio: escribir.

Podríamos decir que la respuesta a un bloqueo o a las dudas es tomar pluma y papel. Forzar a la cabeza hasta que salga lo salvaje del alma. Aunque esto signifique, a veces, sentarse frente a una hoja en blanco durante horas para conseguir una oración decente.

Nadie escribe un primer borrador a la perfección. Este voluntarioso ejercicio de escribir sin detenerse. Escribir hasta que se deje de pensar que lo hacemos es la mejor de las curas. En ese momento es cuando de verdad hablamos y lo hacemos con sinceridad. Ya no estamos anhelando impresionar a alguien. Lo único es desahogarnos e intentar dar sentido a ese diálogo interno que nos oprime.

No hay por qué preocuparse de cómo se escriba ese primer borrador. Al final, todo se edita. Esta es una de las ventajas actuales. En los nuevos procesadores de texto podemos escribir una oración y luego regresar sobre nuestros pasos para corregir. Es una maravilla de los tiempos de ahora.

Todos los consejos sobre escritura comparten una misma visión: hacer de la escritura algo práctico. O darle utilidad al arte. Lo cierto es que el arte no tiene ninguna justificación ni utilidad. Existe solo por la voluntad de crear. Durante nuestra existencia nos hemos dedicado a interpretar las obras y justificar su existencia para darles sentido. Eso es lo que hace que al escribir nos sintamos tan amenazados por el mundo exterior.

Al final, el escritor descubre que nada de eso importa. Todo es una ilusión de personas que no tienen nada mejor que hacer con sus cabezas. El arte es una objetivación de la voluntad del artista. Su intención es emocionar; hacer sentir. Lo cual no tiene mucho que ver con la razón y la lógica del mundo real. Al menos, claro, que el espectador sea alguien que intenta explicar lo que es el amor y el odio en términos de razón y lógica. Es entonces cuando las interpretaciones son necesarias.

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