Salvajes

La doma de la voz

El término, salvaje, me fascinó desde que vi de pequeño la película de Sam Peckinpah: “The Wild Bunch”. No es la violencia lo que me llama la atención de la obra, es la manera en que se consideraba a los personajes: salvajes o bárbaros, o incivilizados, por vivir fuera de los márgenes de las leyes.

La dinámica social necesita certezas; ideas acomodadas para sustentar nuestras costumbres y funcionar. Todo lo que nos rodea es una amenaza para nuestra existencia. Esa es la razón con la cual domamos a las cosas que nos dan felicidad en los momentos de perturbación, para tenerlas cerca y agarrar con la mano. Que todo obedezca a nuestros caprichos es el mayor de los logros de nuestra existencia. Con la disciplina de la obediencia somos libres para producir. A cada acto de productividad se nos recompensa con dulces hechos de delicioso edulcorante y colores brillantes.

Cada mañana inicia con la lucha entre una opresión que quiere mantener al cuerpo en reposo y una voluntad que insiste en brincar de la cama. Pero el brinco no está en caída libre al abismo. Una cuerda nos agarra del cuello para que no nos perdamos en el trayecto y nos dejemos llevar por la gravedad. Así tenemos la ilusión de estar suspendidos, cuando en verdad caemos. Mareados por navegar en la oscuridad del vacío, jalamos de la cuerda más de lo que está dispuesta a soltar, lo que genera tensión; nos recuerda que estamos sujetos. La pluma y el papel te alivia de esta trampa en la que te encuentras. Eres libre, mientras escribes los pasajes del flujo de la imaginación. Sin reglas ni normas, para ti. Luego de un tanto de palabras, alcanzas al fin una expresión auténtica, sin ataduras a ninguna convención.

Es tan poderosa la voz que se desea compartir para animar a un alma igual de extraviada en el abismo que tiró demasiado, pero no encuentra la manera de calmar la irritación de la cuerda al cuello. Pero se le impide a la voz circular salvaje asustando a la gente. Antes, si desea una audiencia, tiene que respetar las normas del mercado o morir de hambre dentro de una jaula en un abandono total. La pluma insiste en luchar por su autenticidad. Es persistente e inicia un desafío contra la razón y la lógica. Aprende el balance entre torcer un poco, no demasiado, las reglas que rigen y a domar, también un poco y no demasiado, a sus letras. La experiencia y la práctica lo sumergen en un juego nuevo, el de convertir su oficio en un producto comercial.

La innovación y frescura de su voz lo hacen atravesar los filtros iniciales que establecen la técnica para decir las ideas de manera correcta. Su obra se vuelve “publicable”. La civilización hace a la pluma presentable ante los demás. Así, el dueño del espécimen, presume su capacidad de domar sin afectar la naturaleza del salvaje. Enseña a todos la forma correcta de cómo, con un poco de civilidad, algo original se moldea sin romper para alcanzar las expectativas de ventas.

Al principio sólo suenan los aplausos de los conocedores y críticos que miran fascinados la transformación. La práctica también domo el paladar del público, que hace eco de estos aplausos y los eleva a la euforia. Los gritos son proporcionales a la confusión por no comprender cuáles fueron los arreglos estéticos que se le hicieron para ocultar sus imperfecciones. Aprenden el léxico para dar seriedad a su ingenio y declararlo auténtico y propio; han olvidado cómo reconocer lo genuinamente salvaje. Ya sea por miedo al rechazo o por una postura que bloquea sus sentidos.

El salvaje, a las vísperas de un nuevo siglo, vio en el internet una jungla donde podía ser libre de las cadenas impuestas por seres débiles y cobardes. Sobre todo en aquellos pedazos de tierra donde las reglas de domesticación eran enseñadas por plumas ya educadas que dictaban la pauta. Sin su visto bueno, nada existía, nada que valiera la pena. Señalaban a los chupatintas que no eran de su agrado, aún salvajes algunos de estos, en los medios de comunicación populares. Para hacer mejor el engaño, adornaban a sus palabras con bellos e ingeniosos significados. Pocas eran las imprentas que arriesgaban las tres comidas diarias en favor de una voz salvaje. El internet, eso se creía, lo iba a cambiar todo.

Pero las criaturas salvajes, fuera de su hábitat natural, viven poco. Más si viven en un ambiente hostil rodeado de incomprensión e intolerancia que los mira con horror y los destruye para que el obediente sobreviva. Así, las letras salvajes que inundaron el internet, para dejar un legado, recurrieron a la vieja práctica de la domesticación. Compraron corbatas y sacos y entraron a la oficina de Estado más próxima y, en honor del Estagirita, pusieron orden por medio de la política. Nada doma más a un salvaje que el tintineo de las monedas.

El golpe de unas cuantas monedas, adormece menos que el seco llanto de un embrutecedor saco de oro. Una buena inversión convierte a tres monedas en un paraíso lejos de las bestias aburridas que dan piruetas y bailes al ritmo del cilindro. Entonces pusieron el oro al servicio de las defensas a los salvajes que ofrecían una perspectiva incierta y cruda de la vida. Los que se dejaban domar recibían un boleto de ida a Palookaville. A los indomables los echaron de la jungla que, cada vez más, parece un jardín francés. Se repite el patrón y, si quieres vivir en el jardín, los nuevos críticos, conocedores y académicos, deben de dar el visto de bueno a tu solicitud de arrendamiento.

Pero para un salvaje, un jardín de pasto corto y árboles de colores exóticos, con arbustos bien cortados, no es atractivo. El insípido lugar engaña con sus asistentes perfumados y con los decorados de salvajes domesticados por la muerte —murieron sin ser siquiera invitados a tomar agua de una de las fuentes que adornan el lugar—. Lleno de sirvientes y aduladores que suavizan la tensión de la cuerda al cuello de los dueños del jardín. ¿Cuál es el atractivo de agradar a lo superficial y banal? ¿Cuál es la motivación por llenar el vacío de recipientes que no tienen ninguna razón de existir más que la de decorar o lucir sus formas y colores? ¿Será la certeza que da el sonido de unas monedas en el bolsillo?

Una gran cantidad, intoxicados por la promesa de la jungla que al principio fue el internet, lo hacen por vanidad. No comienza todo por un impulso superficial. El inicio es la protesta y la inconformidad. Así como para la pluma lo fue el libro impreso para rebelarse. Pero igual, al caer en las manos de jardineros ambiciosos, se arrancó la hierba donde florece la rebeldía. La esperanza es un manto denso, un estorbo para los que se resisten y escriben: «como se les viene en gana». La resistencia a la domesticación tiene que encontrar un espacio nuevo o recuperar el jardín y regresarlo a lo salvaje. Es difícil caminar hacia atrás, por ese engaño de perder lo ya invertido. La mentira de que avanzamos para recuperar espacios se mantiene con la fantasía del progreso. Ahora el léxico está lleno de palabras pegajosas; la ilusión de triunfos, aunque sean pírricos: equidad, feminismo, patriarcado, esperanza, bienestar. Citas construidas que las noticias replican para vender papel de baño y dulces. Los políticos las toman para producir votantes a los que se les trata como niños para continuar con la fantasía de la democracia. Pero una controlada donde sólo exista lo que me gusta; la democracia radical es la pesadilla que no deja en paz a los civilizados.

El sueño de la libertad de expresión siempre dependerá de un público que acepte la responsabilidad que conlleva la libertad. De personas que debatan y dialoguen, no con el afán de convencer, sino con el de comunicar. Aunque el salvaje aparezca y amenace con darle un giro a las cosas, debemos dejar que exprese las turbulentas ideas de su cabeza. Y, sin tan civilizados y maduros, como presumimos ser, bien podríamos ignorar sus palabras que a nadie hacen daño, menos si no se les comprende. No hay vuelta a atrás, la jungla del internet, desaparece como lo hace la del Congo. El miedo al debate y a reconocer que tenemos diferencias, promovidas a cambio de unas cuantas monedas, hizo de la jungla llena de salvajes, un edén con perfiles ficticios, digitales, que nos protegen de la interacción. Todo es más sencillo cuando todos obedecemos y seguimos a las masas. Así, se nos quita el disgusto por escoger. La molestia de decidir entre dos opciones, mejor aún, que ni siquiera tengamos que escoger.

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