Mientras haya ventanas

Funciona igual que una tarjeta de crédito en manos de un adolescente: el vacío se llena para volver a vaciarse, y uno cae con facilidad en el bucle. El productor de contenido pasa a ser consumidor de la misma deuda, y tiene que generar para satisfacer y a la vez consumir.

Parece que todos estamos aterrados por la IA, aunque a estas alturas ya no sé qué tanto es real y qué tanto inducido por la carga de sobreinformación. Cuando se popularizó Internet a principios de siglo, fue lo mismo. Incluso Vint Cerf, uno de los padres del protocolo TCP/IP, ha manifestado la inocencia que tuvo al crearlo: consideraba que quienes usarían esa herramienta serían personas de buena fe. Hoy podemos ver que todo terminó en una nueva forma de comercialización, hasta convertir al mundo en un neofeudalismo o tecnofeudalismo, según a quién se le pregunte.

No espero que el curso de los eventos cambie con la IA. Ya entramos al área donde sus fundadores quieren sacar provecho a través del mercado de valores y la venta de datos. Pensar que el ser humano va a cambiar de la noche a la mañana es puro e inocente. Acepto, al menos en lo que me queda de vida, que la forma de promovernos como escritores va a ir imponiéndose sobre todos, incluso sobre los que escribimos. Lo pienso porque no dejo de ver en las redes nuevas plataformas que ofrecen a los escritores una forma de obtener ganancias: las que llegan por popularidad, la recompensa de la popularidad.

La imagen del escritor, ese mito alimentado por biografías y anécdotas, es la mentira de que quien escribe necesita crear un perfil digital, y eso es lo que está corrompiendo al oficio. Escribir no es una de esas cosas naturales que se le dan al ser humano. No es cuestión de supervivencia. Es oficio, y requiere esfuerzo mental y sacrificio físico. No juzgo las voces que hablan de la escritura como un acto romántico; estoy de acuerdo con ellas. Pero eso no le quita la esencia de lo que es el ejercicio de escribir.

Hacerlo no puede ser con el fin de encontrar aprobación de agentes externos. El intercambio económico de ofrecer palabras a cambio de monedas es el resultado de que en algún momento de nuestra historia existieron personas que escribieron lo que miraban, sin juzgar, sin prejuicio, solo lo comentaban. Esos textos la gente común los apreció porque el autor les enseñaba el mismo mundo que todos miramos, pero desde una perspectiva que no se les había ocurrido. ¿Dónde entra el intercambio de capital? Para que el escritor narrara ese mundo, tenía que hacerlo en un tiempo y un lugar ajenos a los que usaba para trabajar y abastecer sus necesidades básicas. De ahí que, por lo general, los escritores de antes fueran de la realeza, de la iglesia, del ejército, etcétera. Ejercían una profesión que mantenía su estilo de vida y, en sus ratos de ocio, escribían.

Pero hubo escritores y otras personas en otras artes que no tenían ese lujo. Y a alguien se le ocurrió, porque su arte gustaba, sostenerlos. Así nacieron los mecenas y después los agentes, que supieron comercializar las obras para que el artista mantuviera sus necesidades básicas. La comercialización del arte es una práctica joven en la historia humana. Aunque hubo personajes —paréntesis— que lo hicieron antes de que fuera un recurso común, vender la obra es vista aún, por algunos, como un acto vulgar.

Esos principios se están diluyendo. Internet, al principio, creó un universo libre donde las personas podían compartir sus percepciones de la realidad sin censura. En algunas formas todavía funciona así. Para mí, fue el público quien corrompió la autenticidad con su consumo voraz, y es el mismo que hoy demanda filtros para detener al artista que atiende más a sus instintos que a su razón.

Mi perspectiva es que, en el momento de esa demanda, se descubrió una forma de capitalizar todos nuestros pedos mentales. En lugar de usar Internet como purga, lo llenamos de aseveraciones. Después vinieron las fórmulas para triunfar en la vida. Esa demanda, a la que muchos nos atuvimos sin tener una filosofía propia formada por la duda natural del artista, es lo que agota al público. Hizo que Internet se transformara en un mercado de personas sonrientes o deprimentes, llenas de silicona. Lo que generó espectadores esclavos de una deuda de vacío que solo puede satisfacerse de manera inmediata, para a la vez vaciarse de nuevo.

¿Qué tanto contenido auténtico y sincero puede generar un escritor a ese ritmo? De forma auténtica, muy poco. Pero la demanda es brutal, y el temor a ser olvidado es carga pesada. Para aliviarla nacieron plataformas que pagan a los productores de contenido. Este pago, en clics y likes, se transforma ahora en moneda. La ilusión de ser productivo y amado.

Esa ilusión es tan simple, pero tan poderosa, que olvidamos que la escritura es un oficio masoquista. Los escritores, al no cubrir la demanda de ser amados, dejaron a un lado los valores y se fueron a la pesca de tendencias. Ya no para desahogar su imaginación a base de sufrimiento, sino por el camino fácil de citar autores y vender rutinas. Su público principal no fueron nuevos lectores, sino personas que aún no lograban una identidad. Presa fácil, cuando hay una ventana donde se reúnen todos con sus respectivas etiquetas.

Entonces llegó la IA, que facilitó el trabajo de generar contenido. Una vez más: no es culpa de nadie. Se consume lo que se demanda. Por eso, eventualmente, el contenido de Internet en su totalidad va a ser generado por IA. Cualquier regulación de Estado, si iniciara hoy, es tarde. Para corregir el nuevo sistema tendríamos que comenzar todo desde cero.

¿Es malo esto? No lo sé, y la verdad, no me importa. ¿Cuál debiera ser mi lucha? ¿Contra quién? ¿Acaso soy un ser de moral superior? A mí me gusta escribir. La IA no está en mi pluma y papel, que son las herramientas que uso. Luego transcribo todo a digital. Así he hecho novelas y guiones.

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