El mundo de cabeza

Al leer varios artículos en internet sobre distintos temas y reflexionar sobre ellos, sin entrar en detalles, me queda la sensación de que los charlatanes hablan con verdaderos principios y los serios y profesionales no responden a ninguna tabla moral.

Para decir algo que importe en estos días de censura y, más trágico, autocensura, hay que ser cínico. Un buen artículo, que nos haga cuestionar toda esta sensatez inyectada en el espíritu del hombre, tiene que hacerse desde el delirio. Solo un loco podría cuestionar todas las cosas buenas que ofrece el paliativo de la equidad dentro de un universo de consumidores construido por nosotros mismos. Convencidos de que es el mejor posible de los mundos, nos sometemos a don Dinero para conseguir los instrumentos de productividad y entretenimiento. La única regla es no ofender. Tener una buena opinión de todo y ser positivo.

Observamos en las pantallas de cristal al mundo con sus bonitos disfraces y hablamos de los temas de tendencia. Juzgamos con citas sin sentido y banales: “Las buenas vibras atraen cosas buenas”, “todo pasa por algo”, “el universo conspira a tu favor”, “si lo puedes soñar, lo puedes lograr”. En la tierra de nadie, entre los que miran de color rosa y los que miran de gris, el miserable queda solo. Hay espacio para estar muy enojado y protestar o manifestar apoyo a lo que creemos correcto. Pero ya no hay lugar para la locura. Los miserables que se niegan a obedecer corbatas y policías de la moral son desconocidos. Di no a la discusión; no es sano.

Sí, el que quiera tener validez en el nuevo orden binario tiene que dejar de lado las opciones y encadenarse a lo que hay. Para ser reconocido, tiene que generalizar y mostrar lo bello o jodido que está el mundo. Esas son las dos sopas. Los más rebeldes quieren ser medio locos. El radical actual, para sobrevivir, es un personaje que dice todo a medias. Delirar se hace en privado, desde lo oscurito.

El que es bueno y bonito le sobra razón —es más, tiene derecho— para justificar sus tropiezos. Siempre y cuando tenga el respaldo suficiente del radical mediocre que aplaude todo. El miserable, en cambio, decide vivir con opciones, aunque no haya almas que lo reconozcan. Lo voltean a ver cuando comete el pecado capital de salir del lugar donde los civilizados arrojan sus desechos. Entonces enfrenta a los jueces y a sus pantallas de cristal. Por vivir en tierra de nadie, no tiene derecho a una defensa. No pertenece ni al bien ni al mal; es un loco. Su único derecho es dejar de existir. Nada difícil cuando no se tiene un perfil digital.

De esta forma llegamos a la sociedad perfecta. Dejando de lado a los que deciden ir por la vida con opciones. En una sociedad moderna y de alta moral, todos andamos el mismo camino sobre el mismo carril; respetamos el horario y el tiempo de otros; marcamos las tarjetas de entrada y salida. El obediente obtiene la recompensa: sus instrumentos de productividad y entretenimiento. ¿Qué es de aquel idiota que sigue un horario propio, escoge rutas distintas y come lo que se le viene en gana? Un disidente, un vagabundo, un miserable sin una vida que valga la pena mirar. Sobrevive por la caridad. Y esta solo llega al someter su humanidad, aunque sea por un breve periodo, aunque solo sea para recibir un plato de sopa caliente o unas monedas.

El farsante es el único con derecho a juzgar en este mejor de los mundos posibles. A este le pertenece la verdad. Todo sucede tan rápido que vemos a las opciones desaparecer como lo hace un paisaje en una autopista. Incluso, olvidamos que alguna vez hubo opción. No hay tiempo para dudar o pensar de otra forma. ¿Cómo, si solo conocemos una ruta? ¿Cómo, si seguimos al de enfrente de nosotros?

Dentro de una sociedad correcta podemos dedicarnos a buscar el sentido a nuestras vidas. Dejar una huella al conseguir que nuestro perfil se reconozca.

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