El menú del día

Influencer. Idiota quien crea que es un mote ofensivo. Antes, con mejor prestigio, le decíamos líder de opinión.

Para ser escritor soy malo escuchando. Cualquiera que me conoce sabe que me gusta discutir: basta una chispa. Pero la forma de discutir cambió. Ahora hace falta ser una enciclopedia para sostener un argumento, porque los temas vienen envueltos en emociones.

No hace mucho bastaba con citar a una personalidad de la televisión, el periódico o la revista. Lo que ellos decían le daba a una opinión el peso de la verdad. Hoy hay un montón de autoridades que descalifican y validan creencias, y con la pincelada de una opinión te venden también la solución. Lo práctico de la vida moderna: tenerlo todo en la yema de los dedos.

Ya no existen esos viejos sabios con café y cigarro en mano repartiendo lecciones sobre el arte de vivir. Ahora el menú del día trae las conversaciones que uno tiene permitido desarrollar. Como consejo del chef: evite tener una opinión propia y utilice un lenguaje inclusivo, sobre todo si va usted a ofender. Nota: Recuerde que estamos dispuestos a sentirnos ofendidos por cualquier cosa.

Si es usted mayor de cuarenta años, es culpable de todos los males del universo. Limítese a asentir y pedir disculpas. No importa de qué quiera hablar: limítese a debatir lo que viene en el menú.

La conversación simple ya no existe. El que habla es un viejo sabio dentro de un rectángulo con pantalla de cristal, sin necesidad de cigarro ni café. Usa la voz de quien lee: El sabio dentro del instrumento no permite interrupciones hasta el punto final. Una lectura larga, cansada, sin réplica posible.

Divagué. Pensaba en los influencers, en los modernos creadores de contenido. Se han vuelto parte esencial de nuestras conversaciones. Están los que desarrollan un tema con puntos a seguir —¿estarán vendiendo algo?—, los que enseñan cosas más sencillas, como decorar una casa o vestirse elegante, los que muestran la gastronomía. Existen en todos los campos de batalla.

La contradicción es lo que llama la atención: mientras uno recomienda algo, otro recomienda lo contrario. Como los anuncios de las películas, donde cada crítica jura que es la mejor del año. El fin es conseguir validación por medio de seguidores. El sistema moderno para decidir qué es verdad.

¿Es la verdad lo que buscamos cuando buscamos información? Yo no creo que la verdad exista, ni que la pueda contener una persona o un aparato. Si existiera, ese Mago de Oz explotaría con tanto dato. La máquina calcula probabilidades, no emociones. Decide por nosotros y nosotros firmamos el resultado como si lo hubiéramos pensado. Izquierda o derecha, da igual: dos caminos, el mismo destino.

Pero necesito una certeza. Y las certezas, o sea las verdades, son una carga pesada. Habría que regresar a ser simples para conversar con tropiezos propios. La verdad es un conflicto. ¿Quién la tiene en sus manos? Nadie. Demasiada carga. Por eso ahora existe un menú de temas a discutir.

Para conversar se necesita un conocimiento enciclopédico. El debate ya no es una inquietud natural: es el bebé de los incentivos. Es tan veloz la suposición que al final se habló mucho y no se entendió nada.

Para eso inventamos las etiquetas, y así no nos perdemos en el laberinto de opiniones no solicitadas. La mercadotecnia de hoy opina sobre cosas que en mi vida imaginé que me interesarían. Y la mayoría de las veces no importa el acuerdo en la mesa redonda: afuera todo sigue igual.

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