Vanidad del escritor

Pasamos de escribir lo que pensamos al bluff, para que el lector apueste su tiempo. La inspiración, el sufrimiento: esas son las cartas.

Hay escritores que aún juegan ajedrez por gusto. Gana más fácil quien aprovecha la frustración del oponente que quien juega contra sí mismo.

Las plataformas que alojan textos y cobran por ellos son salones de alabanza entre iguales, donde leen otros escritores que guardan, según ellos, el secreto del éxito. Toda plataforma quiere ser Facebook. Si se busca al lector común, al esclavo que desea escapar de sus cadenas, no sirven.

La lectura quedó para los que quieren librarse un momento de la reverencia a la productividad; los menos. Cada segundo que no produce dinero golpea en el pecho, acelera la respiración. Es la orden del cuerpo: agacha la cabeza, recuéstate, mira el celular. Sentarse a leer demanda tiempo y silencio. Artilugios para el ocio, enemigos de la civilización y su progreso.

Colgar la barriga es el sueño del escritor civilizado. Dormir a sus anchas dentro de un inmueble que diga: progreso. Decorado con las pretensiones de los diseñadores en línea. ¿Un celular nuevo cada año, una pantalla gigante, un auto último modelo, ciudades vueltas parques temáticos? El escritor barrigón crea para ser consumido. Se llena con los gases de los likes y se eleva.

Todavía hace tres años, sentarse a escribir sobre lo que ocurre en la cabeza era un oficio.

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