El aislamiento es inevitable; no es una tendencia
El aislamiento creativo, o como lo llamo: el retiro a lo salvaje, no significa convertirse en misántropo de la noche a la mañana para lograr escribir una novela. Es un suceso paulatino al que se llega sin desearlo. Al escribir, antes de llegar a la mesa de trabajo, hay que estar vacíos, como la hoja en blanco que aguarda. Y, no es fácil, porque el mundo no se detiene por el capricho de nadie. Menos del de un vago. De no encontrar la calma, los personajes y su mundo enfrentarían una férrea resistencia por espacio dentro de la cabeza. El silencio y el vacío son esenciales para la pluma. La imaginación necesita de su espacio y tiempo para moverse con naturalidad y a placer.
Las conversaciones entre los protagonistas y las peleas con los antagonistas, son encimosas cuando aparecen en desorden. A gritos y sombrerazos demando orden: ¡uno a la vez —como en el teatro! Por eso admiro al escritor, frecuente cliente de lugares públicos, donde sentado logra conseguir un buen párrafo. Envidio el nivel de enfoque. También al que huye a un bosque lejos de la gente.
Pero a la soledad no se le puede romantizar. Es una falacia de la que habla la literatura y las películas sobre el rincón a donde los artistas huyen. Es cierto, al poner manos a la obra, es preferible hacerlo en silencio. Cualquier distracción de la vida cotidiana es un resquebrajamiento del enfoque. Toma un par de momentos para regresar al punto donde fue interrumpido. En ocasiones ese flujo desparece y, después del paréntesis, llegan otros intervalos; nunca es sólo un obstáculo. Como dicen, cuando muere un famoso de la televisión y el cine, siempre se van de tres.
Es entonces cuando inicia el proceso de aislamiento. Conforme se avanza en las líneas, el escritor se vuelve intolerante a las interrupciones. Se transforma en un ser irascible que persigue momentos de silencio como si su vida dependiera de ello. Esto sucede porque en el interior se tejen cada vez más ruidosos debates de los que no puede escapar; quizá ni siquiera lo intenta. Esa adrenalina, la de querer vivir en carne propia, lo que cuentan sus historias, lo termina arrojando a la soledad.
Escribir es un oficio que trata de estar sentado durante horas, sumido en meditaciones y debates internos. Pero a lo mejor hay quien cree que es estar en total encierro, y que al leer la Ilíada y la Odisea, pueda narrar dramas épicos sobre la guerra y el amor. El mundo no está lleno de genios incomprendidos. Está saturado de irracionalidad. Es decir, el calor de las emociones prenden a la cabeza antes de que el pensamiento crítico actúe. Es en esa hoguera emocional donde la gente desubicada, incapaz de enfrentar debates y propensa a la ofensa, justifica ser introvertido.
Este falso introvertido se proclama artista en las redes sociales, donde encuentra audiencia para sus lamentaciones y puede criticar sin enfrentar respuesta real. Fuera de la burbuja digital, a nadie que se lamente sin mostrar trabajo se le presta atención. Tampoco a quien critica sin arriesgar nada propio.
Es la nueva era de la cultura digital. En las redes sociales puede llevarse a cabo el performance del creador solitario. Esta tendencia creció poco a poco desde los inicios del internet hasta tomar la forma actual: estereotipo del artista incomprendido que posterga su obra.
En cambio, la alienación sorprende al auténtico artista; así, sin desearlo, de buenas a primeras, queda en medio de la nada. ¿Qué más quisiera una pluma, si no encontrar a personas que debatieran hasta los gritos y con argumentos reflexivos? En su lugar, los debates actuales están llenos de descalificaciones, estadísticas y lo dicho por personas ausentes, ajenas al debate.
Al escritor le gusta discutir, y cuando el debate se acalora no adopta una pose de ofendido. La polémica es un compromiso hecho consigo mismo, una defensa del pensamiento crítico. Se podría decir que es, según los estándares modernos de comportamiento, un compromiso enfermizo.
Lo que podemos saber —y esto porque acostumbramos a repetirnos en la historia— es que al evitar el debate público muere el espíritu de aventura en los escritores. Aquellos que se domestiquen quedarán cubiertos en burbujas confortables. ¿Será esto positivo?
Es probable que entre todo este desorden surjan nuevas voces frescas, con propuestas adecuadas a su tiempo y con distintas estructuras, distintas de las que dominan la actualidad. Saldrán para respirar un aire menos tóxico que el de la asfixiante trampa de las burbujas.
Un artista encerrado, sin sufrimientos, ¿qué tanto podrá mostrar del mundo? Aun si es un genio, tiene muy poco por decir del mundo. La vida entre muros lo único que ofrece es una creatividad estéril.
La especie humana podrá desesperar e incomodarnos al grado de creer que los perros son mejores personas. Pero el performance del aislamiento no es la solución. La aventura consiste en encontrar un equilibrio. El escritor necesita de ambos mundos: la soledad y el contacto humano para debatir lo que habita en su cabeza. Es cierto, los momentos de soledad son muy apreciados. Por eso es bueno dar una vuelta a pie alrededor de la cuadra o disfrutar de un café a pie de banqueta.
