Cada que me siento a escribir, vienen a mi mente las palabras con que T. S. Eliot comienza East Coker: “En mi principio está mi fin”. Son palabras que aparecen en mi camino a la inconsciencia. La única manera en la que puedo encontrar las ideas de mis historias es en el vacío. Durante el recorrido, libro una batalla contra mis inseguridades. No trabajo a pesar de ellas, sino desde estas. Tauce aut face.
Las dudas provienen del miedo de que nadie lea o le interese lo que escribo. Esa es la base de mis inseguridades. Son los bombardeos habituales del ego. Esa maldita necesidad de validación, como si esta me rescatara del sufrimiento que produce vivir. Al momento de transcribir, cada palabra, cada oración, cada párrafo, cada página me arrastra a las tinieblas. Las reglas y los consejos resaltan cada error de una escritura que nació salvaje. Mi lucha está en el momento de tener que domarla para que se acomode a las tradiciones dogmáticas del lector. Es una lucha interna que me desgasta tanto como escribir.
El desgaste viene porque llevo muchos años en contra de las normas que sirven más para agradar que para ayudar a enfrentar las incertidumbres. Caigo en la moderna distracción que ofrece el Internet, ese escape fácil de la lucha interna. Ahí inicia una batalla nueva; ahora es contra esos bits silenciosos de la productividad. En el fondo, lo que en realidad deseo es sentarme a mirar la nada, ese lugar de donde provienen mis ideas.
Envidio a la Pandilla Salvaje que, sin ninguna preocupación ni necesidad de un celular, se tiran al sol con las patas estiradas o se revuelcan en el jardín. Nada les preocupa. Ni siquiera están a la espera de la comida. Tienen la certeza de que cuando el día cambie los olores y los ruidos, voy a dejar de hacer lo que esté haciendo para darles de comer.
Hay momentos en que decido leer a un lado de ellos mientras todo sigue el acelerado ritmo de la ciudad. Mientras leo, parece que todo se detiene, como si el tiempo decidiera dejar de asfixiarme. «Un asalto más, después arrojo la toalla».
Ahí en la calma, los ruidos de los autos y el estruendo de los fuegos artificiales me regresan a la realidad. Entonces corro a ese instante en el que escapo de las tinieblas de la vida para entrar en el mundo de mis fantasías. Aunque el deseo por permanecer, con pluma en mano, durante todas las horas de todos los días es fuerte, la fatiga me jala para traerme de regreso al mundo de los vivos.
El desgaste de ir y venir me obliga a administrar el tiempo. La práctica de las rutinas es la mejor solución al llevar una vida rodeado de interrupciones y distracciones de fácil acceso. Esa esclavitud es otra lucha contra mi necedad de vivir dentro de la burbuja de no hacer caso a un horario estricto. Pero mi mente no es elástica, es reactiva.
En la casa vivimos dos artistas con rutinas peleadas entre sí. Mi pareja, como artista plástica, trabaja sin la estructura de hacer pequeños avances día con día para completar sus proyectos. Pasa el día entre actividades que la relajan y la distraen y, cuando el tiempo se acorta y ve cerca las fechas de entrega, pone las manos sobre la arcilla o toma el pincel y no se detiene hasta terminar. En ocasiones son días enteros en los que solo suelta el proyecto para dormir, hidratarse y alimentarse.
Yo no puedo hacer eso. La escritura me da la facilidad de escribir en la cabeza sin la necesidad de estar sentado al escritorio materializando las palabras. Hago avances diarios. No tantos como para fatigarme y los suficientes para regresar al bloque de tiempo siguiente. Los necesarios para cumplir en un tiempo mis objetivos. «Es un maratón, no un sprint», digo para mí mismo.
A la fecha no puedo decir qué sistema de trabajo es mejor: el mío o el de ella. Ambos alcanzamos nuestras metas. La única diferencia es que yo escribo todos los días. No hay descanso entre proyectos. Ella, después de cada obra, agarra semanas enteras alejada de sus herramientas para recuperar el aire. Pero al final, ambos quedamos satisfechos con nuestros logros.
Soy un ferviente creyente de que solo hay una manera correcta de hacer las cosas y es haciendo. Lo demás (consejos y reglas) son sugerencias. Ayudas que sirven para salir al trote y cumplir con las metas cuando se carece del impulso de comenzar. O se está atorado en una rutina que no ayuda y solo desgasta. Me gusta hacer mi trabajo lo más simple posible. En la escritura no hay más herramientas que vivir, la imaginación, leer, el brazo, la pluma y el papel. Lo extra, complica el proceso. Aunque se vendan como soluciones facilitadoras, no lo son.
Nunca escribo con una certeza en la cabeza. Me gusta que las historias que escribo tomen vida y hagan lo que se les venga en gana. Soy un escritor, no un domador. En lo personal, me gusta fluir entre vacilaciones.
MIS LIBROS
Tu tanta falta de querer
Murphy le enseñó a pensar. Entre la opresión militar que devora su barrio y la lealtad hacia el único hombre que le mostró cómo resistir, un joven debe elegir qué tipo de persona será cuando el mundo se derrumbe. Una novela intensa sobre la fuerza del conocimiento frente al poder de las armas.
Nunca es suficiente
En el México donde el poder y la violencia mandan, «Nunca es suficiente» retrata vidas marcadas por el dolor y la resistencia frente a la manipulación por parte del gobierno, ejército y traficantes. A través de personajes inolvidables, la novela expone el precio de la supervivencia en una sociedad donde la paz siempre parece inalcanzable.
