
En mis sueños siempre estuvo la imagen del espacio del artista. Un lugar desordenado lleno de papeles con manchas de tinta tirados y amontonados sobre muebles. En medio de todo, el científico, con la ropa manchada y roída, despeinado, quemando las horas, concentrado en su trabajo. Nada más le importaba. Era una imagen perturbadora y angustiante, pero, a la vez, me atraía imaginarlo, decidido con un propósito claro en la mente. Fuera de ese chiquero nada importaba. Estaba rodeado de ideas con notas que tapizaban el suelo y las paredes. Nada —ni el desorden ni las ideas— lo angustiaban. Se movía por un laberinto, con los ojos desorientados, hasta dar con el momento eureka.
Esas referencias ancladas al subconsciente dieron forma al lugar privado de mi trabajo. Hay desorden en mi escritorio con libretas y papeles aquí y allá. Cada mesa en mi camino la transformo en un recipiente de libros y papeles, tiene plumas, lápices y notitas por todos lados. No sólo las ideas llenan los espacios, sino también desarmadores, pinzas de madera, carretes de hilo y cualquier otra cosa que cae en mis manos y que en ese momento o no sé qué hacer con el objeto o también por pereza para colocarlo en su lugar.
La acumulación de cosas es inevitable cuando estoy distraído en el trabajo. La imagen del artista desordenado y distraído dura hasta el instante en que el polvo es un asunto incómodo. Al consumir el tiempo que, en lugar de dedicarlo al trabajo, lo empleo en encontrar una nota específica o un papel en donde —según un vago recuerdo—, hice apuntes sobre el capítulo entre manos. Además, sepultados por los edificios de apuntes y notas, o mejor dicho, escondidos, están los problemas incómodos. Contratiempos de la vida que no aparecían en esas lejanas imágenes del artista en medio de su reguero.
Mi vida está llena de problemas que no tienen nada que ver con mis objetivos y, sin embargo, necesitan atención, o delegar su ejecución (lo cual es improbable en la actualidad de costos proporcionalmente más altos que mis ingresos). Son tareas que, al no entenderse, crecen en la mente, se expanden para robar el espacio destinado a otros asuntos. Lavar los platos y la ropa, pagar cuentas de la casa, hacer trámites de gobierno, atender el sonido del auto que ya parece matraca y, otros tantos asuntos que, digamos, son del día a día. Estos acaban formando las filas de papales en los muebles por la falta de orden y de disciplina.
Es entonces cuando la representación del artista descuidado revela el desorden ignorado. Esos problemas que decidí atender en el futuro, ahora me arañan las piernas. Interpreto los problemas como un peso muerto. Parece sutil, no obstante, es una perspectiva que me detiene al sentir asfixia con el peso de los problemas enterrados entre papeles. De ahí que prefiero la representación de los arañazos, parecidos a los que hacen mis perros cuando la hora de comer está próxima.
Cuando no atiendo los problemas y los arrojó a la pila tambaleante de papeles sobre el mueble, pierden jerarquía. Desde ese momento todo lo que llega a mis oídos se convierte en un problema, lo cual termina por abrumarme. Miro la torre viva, en constante evolución, pero carente de cimientos, tambalear con cada nuevo problema.
La angustia se convierte en apatía, pero como todo lo miro como arañazos, en lugar de quedarme sentado, improviso una solución para mantener la torre de papeles en equilibrio. Es parcial, sólo busco comprar tiempo para sentarme a pensar. Escribo listas de prioridades en más hojas llenas de tareas desmenuzadas en partes para cumplirse en horas y días específicos. En la obsesiva organización se queman las pestañas y transcurren las horas para justificar la inacción. El listado es una maniobra para escapar del hecho de que tengo que asumir responsabilidades.
Escapo para no tener que sentarme en silencio y determinar cuál es la dirección de mis sueños. Es un filtro por el cual atraviesan los problemas para determinar cuáles merecen la atención inmediata y cuáles serán un fantasma acosador en caso de posponerlo. Pero claro, esta es una solución generalizada, ¿qué sucede con las obligaciones del día a día de las que no puedo escapar? ¿Cómo priorizar si todo demanda de una atención inmediata?
Debo robar tiempo a las distracciones que utilizo como un desvío en la rutina del día. Es inevitable sentarme y buscar cualquier grieta de tiempo del día y clavar mi bandera en ella. No puedo programar o planear las horas, simplemente los asuntos de la casa vuelan sobre en todo momento. El único real espacio que puedo determinar es por la noche, cuando todo duerme. En esas horas puedo atender problemas que se resuelven fuera de horas de trabajo. Pagar cuentas, contestar correos, trámites con el gobierno, pero es tiempo que no le dedico a escribir. También desgasta y distrae.
Decidir y saber en qué invertir el tiempo es fácil cuando conocemos los objetivos. Lo que vive fuera de esa ruta encuentra su lugar o simplemente deja de importar. Existe una gratificación extra al reconocer nuestros objetivos. Muchos de los problemas que en apariencia eran urgentes, muestran su verdadera cara y pasan a ser menores o meras ocurrencias de la vida. Aprendemos a diferenciar lo urgente e importante de lo que da la sensación de urgente e importante.
Con la claridad del camino a recorrer, aunque este lleno de obstáculos, avanzo. Esos papeles y asuntos, en las manos, ya no son arrojados al inconsciente del mueble más cercano para convertirse en un abrumador montón de pendientes. El artista en mi imaginación nunca tuvo que elegir entre escribir y pagar la luz. Su desorden era puro, el mío necesita jerarquía.
