Las ganas de estar solos

Parece absurda la cantidad de personas que en estos tiempos desea vivir en soledad; aparentarla, simularla a través de las redes sociales. La simulación sirve como escape de la realidad. En compañía de sus mascotas, desprecian al resto de la humanidad.

Lo llamo simulación por el hecho de que un habitante de una ciudad nunca escapa lo suficiente. Lo intentamos, encerrados entre cuatro paredes; aun así, no se huye de nada en realidad. La razón más evidente: el celular o la computadora. Al intento de amputarse alguna de estas herramientas, cae en un vacío sin conseguir la anhelada aprobación de los otros; el reconocimiento de su soledad. Paradójico, ya que es justo esa falta de aprobación la que impide encontrar autenticidad, ésta, a su vez, alimenta el deseo de estar solo.

Una comunidad de consumo necesita de la convivencia. Se necesita más que de un par de mascotas para apartarse. Por esto, solamente dentro del mundo de las redes sociales, puede uno decir que está solo.

La tendencia a la soledad proviene del mito del artista, del genio solitario, y del incomprendido. Estereotipos hechos en el romanticismo. Las personas en la actualidad adoptan el reflejo de los héroes de esas épocas por varias razones. Aunque existe una similitud en las condiciones de las ciudades de ese periodo con la actual, es la frustración por estar estancados en un nivel bajo en la escala social del consumo, lo que alimenta el deseo de soledad.

Se cree en que una persona que lo tiene todo es libre de hacer y decir lo que le viene en gana. Viajar a sus anchas; vivir con lujo rodeado de la tecnología de punta; ser escuchado y visto por todos. De ahí el alza popular en los ídolos modernos: la productividad y la creatividad que sirven para atraer a consumidores. Si algo distingue a la sociedad actual, es que todas sus motivaciones y deseos giran alrededor del dinero.

Lo que alimenta al espíritu de la soledad, más que la sensación de carecer de una libre expresión, es la falta de un público con interés en escuchar lo que uno dice. Las personas que tienden a la creatividad se sienten incomprendidas porque nadie las escucha.

Cuando se clasifica la sensibilidad como debilidad de carácter, se transforma en un fetiche con precio en el mercado. A la mayoría lo motiva el dinero, porque quien no lo tiene en abundancia piensa que es sinónimo de libertad y prestigio. Todo lo que vale la pena tener y disfrutar es mercancía. Quien no tiene el dinero en abundancia cree que el mundo le debe algo por sus sufrimientos.

En todo esto hay una tragedia: la persona queda sola sin desearlo. Las personas, ahora tan seguras de que saben mucho por el insistente bombardeo de información, se vuelven sensibles ante la obstinación de la sociedad por crear crisis en todo. Los problemas que enferman a las sociedades actuales existen. No obstante, esa herramienta de los débiles, la estadística, alimenta el drama; crea paranoia en las personas que se sienten incomprendidas. Digamos que exageran las crisis. Cuando una persona débil, con una emoción fuerte, como la de creer estar en lo correcto, se enfrenta a una refutación, se desmorona. Este huir del debate, los aparta —a ellos y a todos— de la búsqueda de la verdad.

Estas personas sufridas encuentran abrazos en el internet a través de las redes sociales, donde los incomprendidos, incapaces de enfrentarse a su entorno a través del arte, hacen eco de las lamentaciones sin ofrecer soluciones reales. Todo es simpleza y superficialidad. Los medios de comunicación son las cámaras de eco, la nueva cueva, refugio de los débiles.

La ironía es que desear la soledad para ser auténtico, siempre a lado de la mascota favorita, termina por ser mercancía que utilizan los espacios de supuesta libre expresión, para atraer a más y más «almas solitarias».

La soledad es algo que sucede por una variedad de condiciones que se inician con una chispa sorpresiva. Sí, también es algo que, cuando de verdad se busca, se encuentra de inmediato. Un buen día, empacas tus trapos y te lanzas a la aventura para establecerte en un lugar apartado de todo. Sin la cómoda modernidad. En menos de lo que piensas, la gente se olvida de ti. Así de extremo es el ser humano.

Todos necesitamos un tiempo de soledad. La meditación, tan popular el día de hoy, es un utensilio común para escapar del mundo, aunque sea por unos minutos al día. Somos conscientes del verdadero peso de la soledad, pasamos una gran parte de nuestro tiempo al rescate de animales y plantas que creemos solos y abandonados. Los salvamos al arrebatarles su libertad para domesticarlos y adaptarlos a nuestro estilo de vida.

Ese es uno de los riesgos de estar solo y apartado de la realidad, morir a mano de los muchos peligros que acosan a un espíritu que desea ser salvaje, pero con la seguridad que ofrece la vida social.

De lo que deseamos apartarnos es de otros seres humanos, así de simple. Nos intentamos convencer del alejamiento con la excusa de que pensamos distinto o, los otros, son incivilizados. ¿Cómo saberlo si evitamos el debate para no ofender o sentirnos lastimados?

La gente hace lo mejor que puede con las herramientas que tiene. Mejorar estas herramientas no es su obligación, para eso se necesita voluntad. Y, para ello, primero tendríamos que aceptar que las herramientas no funcionan. Nadie quiere saber esto, pues se corre el peligro de generar un corto circuito que incendie la pequeña burbuja. Ver al mundo desde este encuadre —todos se burlan de mí, nadie me comprende—, es el de la víctima. El mundo o el entorno de uno no cambia al huir. Para transformarlo hay que enfrentarse al mundo.

El solitario moderno de la Matrix, es una persona que simula apartarse. Se esconde del mundo por debilidad. La moderna simulación, la civilizada y sensible, demanda de empatía para evitar enfrentamientos; genera ignorancia. El radical ser humano común, generaliza y traduce el enfrentamiento en una situación incómoda. Bien podría poner dentro de ese conjunto a los mosquitos.

El progreso de la humanidad se da a través de enfrentamientos; es la naturaleza de nuestro universo. Pero no todos los enfrentamientos son guerras y destrucción; también son transformación y avance sin la necesidad de aplastar o matar a otros en el proceso. Tener la conciencia de esto es lo que nos lleva a presumir que contamos con la razón. Si utilizamos bien esta arma, avanzamos al mejorar nuestra capacidad para cambiar de perspectivas sobre un asunto. Nuestra imaginación, cuando funciona para cuestionar y resolver, es privilegiada, cuando previene y predispone, a base de suposiciones y mitos, es una carga. El sentido de nuestra vida no está en la acumulación de certezas. El universo ofrece aventuras y sorpresas a los valientes que viven el momento.

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